Sánchez ha encontrado la forma de dar respuesta a las preguntas sobre su entorno: dejarse besar por su mujer. Es una reacción sentimental, propia de un hombre enamorado y sin complejo alguno de usar su vida privada y sus sentimientos para ganar votos. Se trata de una respuesta políticamente insuficiente, pero tiene la ventaja de producir mejores imágenes que cualquier explicación. Donde había un problema judicial aparece una pareja feliz y con química. La química es muy importante en estos casos. Uno se imagina a Feijoó besando a alguien, y da como un cierto pasmo. Las derechas besan peor. Por lo menos en público. En materia de besos el partido del amor y los corazones colorados se ha llevado el gato al agua. Controla los besos con redonda precisión, y si lo exigiera el guion hasta el himeneo nos enseñan. Porque esta gente no tiene vergüenza.
En fin, que donde hacían falta explicaciones, nos ofrecen un abrazo y el roce cálido de sus labios. Y la militante militancia encuentra razones suplementarias para el aplauso y la ovación. El amor es lo que tiene, funciona bien hasta como propaganda.
El beso de Fuenlabrada resume la estrategia con la que el presidente pretende fabricar su segunda remontada. Hay que reunir el voto de toda la izquierda, convertir las políticas sociales en agradecimiento al líder y presentar las investigaciones de entorno como episodios de una malvada cacería mediática y judicial. Y para completar el cuadro, una pareja que resiste unida a la maldad del mundo, sus Putin y Netanyahus. Juntos, los Sánchez-Gomez son más que dos, que diría Benedetti. Electoralmente, son la munición para recuperar cuatro millones de votos perdidos.
La fórmula tiene un aire muy kirchneriano. España no es Argentina ni Begoña Cristina Fernández. Pero en Moncloa han encontrado en el matrimonio peronista un ejemplo para organizar el relato: el dirigente encarna al pueblo, sus adversarios representan a los poderes que lo amenazan y cualquier exigencia de responsabilidad puede reinterpretarse como ataque a la causa. La suerte personal del líder termina confundida con el destino de quienes lo votan. En esa operación, Sánchez necesita recoger hasta la última papeleta a su izquierda. También las de la izquierda montonera de Podemos, que enseñó al sanchismo a dividir el mundo entre el pueblo y sus enemigos. El Podemos de Pablo soñó con el sorpasso, quiso desplazar al PSOE. Ahora Sánchez se queda con sus votantes y su lenguaje. La vieja socialdemocracia encuentra la redención en el repertorio de quienes querían jubilarla.
El mensaje es sencillo: cualquier voto que se escape puede abrirle la puerta a la derecha. Las diferencias de programa, las decepciones y los compromisos incumplidos quedan subordinados a una emergencia superior: ya se discutirá después. Primero hay que salvar al presidente, su continuidad es requisito imprescindible para salvar los derechos en peligro. Con esa proclama nos ahorramos el balance de gestión. Y después, las ofertas: pensiones y el salario mínimo ocupan el escaparate porque permiten hablar directamente al bolsillo y, más aún al miedo. Subir una pensión o mejorar un salario puede ser justo y además necesario. Más discutible es la apropiación electoral de esas decisiones y que una obligación legal -o una política negociada- aparezcan como atención personal de Sánchez a sus votantes beneficiarios.
Las pensiones se financian con cotizaciones, impuestos y, cuando hace falta -todos los meses, últimamente-, con deuda. El salario mínimo lo abonan empresas y empleadores. Ninguna de esas mejoras sale de la cuenta corriente del candidato. Pero la puesta en escena invita a establecer una relación de agradecimiento con quien las anuncia. El ciudadano aporta los recursos o sostiene la actividad económica; el gobernante recoge las gracias, y el calendario empuja a la concentración del voto.
El tercer ingrediente es aún más delicado: transformar las investigaciones en una prueba de resistencia sentimental. Begoña tiene derecho a la presunción de inocencia, a defenderse y a recibir el apoyo de su marido enamorado. No se discute eso. Pero tampoco elimina la obligación de explicar lo que debe explicarse. Una declaración de amor no acredita la inocencia de nadie. El mitin con beso propone otro terreno: ya no se trata de examinar hechos, sino de elegir entre quienes aman el amor y quienes quieren destruirlo. El abrazo invita a tomar partido antes de escuchar las respuestas. La crítica adquiere un aspecto cruel; la fiscalización parece una intromisión; las preguntas estropean una escena de cine. El presidente consigue deesa forma que la solidaridad afectiva trabaje a su favor y sume votos a su candidatura.
El beso es asunto suyo, pero su explotación electoral nos concierne a todos. Una democracia necesita ciudadanos capaces de distinguir entre el teatro y la realidad, entre los derechos y los favores, entre besar a una persona y eximirla de dar explicaciones. Que se el presidente y su mujer se quieran mucho me parece estupendo. Pero para gobernar no basta.














