Una habitación de hotel

por | 01 septiembre, 2000 | Notas de Viaje

Kiev, marzo de 1990: Me entrega las llaves y llama al mozo. Es unas vetusta señora de sesenta años o más. Me resisto a ceder mis bultos a la anciana y gano la batalla sin dificultad. Me conduce hasta el ascensor, entramos y se sienta en un taburete que hay dentro. Pulsa el piso cuarto. El ascensor se para en cada uno de los pisos.

         -«¿German?», pregunta.

         -«No.»

Me mira con sorpresa, como si todos los viajeros que recalan en el Rus tuvieran que ser alemanes. Estoy a punto de decirle que no quiero cambio, cuando por fin se detiene el ascensor en la planta cuatro y un fuerte olor a col cocida y orín me golpea muy dentro. Salimos y recorremos un estrecho pasillo lleno de humedades y con el papel ajado, sucio y en varias partes caído. Un hombre uniformado, sentado en una silla, ronca estruendosamente en el pasillo con un periódico en las manos. Se despierta cuando pasamos a su lado, pero no dice una palabra. Entramos en la habitación 414 y la anciana me pregunta en un inglés chapurriado si quiero venderle algo de oro. Le enseño la alianza y le explico que no quiero venderla y que es lo único valioso que tengo. Sonrio, pero ella se va muy rápido sin despedirse siquiera y dando un portazo.

Solo en la habitación, exploro el terreno. Cuando uno viaja establece una extraña relación con los sitios dónde se hospeda. Las habitaciones de hotel, los cuartos de pensión, rezuman un aire de soledades acumuladas y compartidas por cientos de inquilinos anteriores. La cama es amplia, blanda y las sábanas están limpias. Huelen agrio, como a jabón Lagarto, aquél que llevaba en sus entrañas la esperanza de una moneda de cinco duros. En la mesilla de noche hay un transistor atornillado. En una esquina, frente a la puerta, un armario empotrado con perchas fijas. Entro en el baño, un reservado de tres metros cuadrados. Me ducho con agua caliente, y la estancia se llena de un vapor denso y pesado. Las paredes del baño se cubren de vaho sobre los azulejos. De vez en cuando, alguno de los azulejos es de otro color o incluso de otro tamaño.

Termino de ducharme y abro la ventana. Fuera hace ese frio seco y acido que pudre las tierras de Ucrania. Pongo la radio y me acuesto. Busco emisoras: en una un discurso del secretario Gorbachev, reunido con jóvenes. No entiendo lo que dice, pero se puede oír que le interrumpen y le hacen preguntas crispadas. Cambio de dial: algo parecido a un programa concurso, con risas que parecen enlatadas y no lo son. Vuelvo a cambiar: me duermo escuchando una balada de Paul MacCartney en la emisora del Konsomol local. En sueños comprendo que han perdido la guerra y que lo saben. Pero son ingenuos: esperan del vencedor que sea generoso y les invite a la fiesta por su victoria.