Un techo de humo

por | 01 septiembre, 2000 | Notas de Viaje

Moscú, marzo de 1990: al lado de la Plaza del Cincuenta Aniversario de la Revolución, detrás de la Plaza Roja, justo enfrente de dónde antes aparcaban los tanques en los días de desfile y hoy aparcan los buses del Inturist, hay un edificio construido por un canario del Puerto de la Cruz. Se levantó en 1817 en sólo seis meses y todavía hoy los moscovitas hablan de él con orgullo y respeto.

En un país que convirtió la inventiva y la técnica en cualidades imprescindibles para acceder a la nueva aristocracia del trabajo, el picadero construido por Agustín Bethancourt y Molina para albergar los caballos del zar Alejandro, es más un monumento que un edificio. Pero Moscú es una ciudad plagada de monumentos y de edificios, y el ‘Manezhe’ de Bethancourt no resulta parada obligatoria en las rutas que descubren a los viajeros europeos la URSS de la perestroika. Para los ciudadanos de Moscú, el ‘Manezhe’, una verdadera proeza arquitectónica realizada a principios del siglo pasado, es en estos tiempos de escasez el nombre de un chiste privado.

El edificio es una caja de 175 metros de longitud y casi 50 de ancho: hay edificios mucho más grandes en la ciudad, pero el picadero de Bethencourt es un inmenso espacio techado, que soporta su cénit sin ninguna columna interior. Bethencourt, un ingeniero exiliado de España por motivos políticos poco antes de la Guerra de Independencia, soportó el techo de su picadero con vigas de madera de una sola pieza, para que los caballos del zar pudieran recorrer la gran sala sin tropiezos. Bethancourt era entonces general del ejército zarista, un hombre influyente y poderoso en la corte de Alejandro, y logró mantener el secreto de una construcción que parecía imposible. Un año después de su muerte, en 1824, comenzaron a producirse algunas goteras en la techumbre y el arquitecto Bove, responsable de la decoración exterior del edificio, fue encargado de repararlas. Bove descubrió que el techo estaba formado por una estructura de ligerísimas hojas de tabaco. Desde entonces, los moscovitas han usado el ‘Manezhe’ como estanco particular en tiempos de guerra y desabastecimiento. Así ocurrió en la gran guerra patria, cuando era imposible encontrar cigarros en el Moscu sitiado por los ejércitos del Reich y la ciudad entera se fumó el techo del picadero del zar.

Después de la guerra, Stalin ordeno restaurar el edificio con las mismas técnicas y los mismos materiales. Y ahora los moscovitas se ríen cuando pasan por allí. Han vuelto la escasez y las colas y a veces resulta difícil encontrar un paquete de cigarros. Dicen en Moscú que la perestroika tiene el techo de humo, como el ‘Manezhe’. Y dicen que pronto habrá goteras.