200 rupias

por | 01 septiembre, 2000 | Notas de Viaje

Varanasi, agosto 1990: las calles se van haciendo más y más estrechas y más profundas y más oscuras. No hay otra luz que la de los comercios y las casas, apenas algunas gastadas bombillas de colores. Y un denso olor a incienso y estiércol, y el olor pegajoso y único de la ciudad y el humo. La ciudad huele a muerte, y la muerte es humo. Las calles se convierten en un túnel, y sabes que al final del túnel está el río, y en el río las gradas de la muerte, y la muerte misma preparando su tránsito.

El rickshaw se detiene. El chófer me pregunta si espera y contesto que no. Me suelta en una pequeña explanada enlodada con más tiendas y más luces y más muerte. Detrás de la explanada el río mismo y antes del río el ghat, y sobre los escalones del ghat, cientos y cientos de luciérnagas de muerte reflejan su pálida luz en el agua: treinta, cuarenta cadáveres envueltos en gasa blanca, algunos, muy pocos, en gasa roja, firmemente atados, atravesada la tela por decenas de palos de sándalo ardiendo en su punta. Esperan. Tan apiñados en la muerte como en la vida, los muertos de la nación esperan turno para ser devueltos por el fuego a la vida.

El escenario. El decorado. Y los actores: algún cortejo, portando sobre cañas de bambú el sudario, el inevitable niño de bazar ofreciendo sus servicios a un par de revueltos turistas a cambio de que visiten allí mismo la tienda de su amo, un funcionario contando muertos y dando números para el crematorio eléctrico -rápido y barato-, los familiares llorando sin aspavientos la muerte: sorteo con ellos los escalones y subo hasta la grieta, profunda herida del Ghat, dónde se encienden una tras otra las hogueras hasta el río. El calor espanta, el olor abrasa.

Una familia compra el fuego a los encargados del rescoldo y enciende la pira y lanza sobre ella sus oraciones y su incienso en polvo. De pie, salmodian en respetuoso silencio mientras el fuego devora e intermedia con Shiva. Pasa la primera hora y nueva leña viene a sumarse a la leña consumida. Remueven la madera y los huesos, los restos, los miembros calcinados, con largos mástiles de caña, y golpean con ellos a los perros de la muerte para vencer su costumbre. Más allá, sólo unos metros hacia el río, un hombre de treinta años limpia sus gafas en el sudario que envuelve a su padre muerto, y negocia con el intocable Rahil la búsqueda de las dos muelas de oro del difunto. Rahil pide doscientas rupias por devolver los dientes si los encuentra, y el hombre regatea: «doscientas rupias cuesta toda esta leña», dice de mala gana. Rahil se impacienta en su comercio: abajo sumergen un niño muerto en el río. Y el río no espera.