Cuando las lluvias quieran

por | 01 septiembre, 2000 | Notas de Viaje

Ruta del Himalaya, septiembre 1990: a través de la ventanilla veo a lo lejos el valle de Kathmandu. Los campos de arroz de color verde esmeralda dibujan el contorno de las colinas. Al frente, el Himalaya aparece cu­bierto de pesadas nubes negras: habrá tormenta.

A mi lado están sentados un campesino nepalí y su hijo. Están contentos porque van a visitar, después de muchos años, al abuelo del niño, que vive más allá de Kodari. Para obsequiarle en este reencuentro, llevan con ellos un pequeño cargamento de pilas, mecheros y bolígrafos, cosas que pueden comprarse en el mercado de Katmandú, pero que aún hoy son difíciles de conseguir en Lasha. Todo es ‘Made in Corea’ o en Singapur: han tenido mucho cuidado en no comprar nada fabricado en Taiwan, que podría ser confiscado en la frontera. Desde que los chinos ocuparon el Tíbet en 1950, cerraron a cal y canto los límites del país de las montañas, y prohibieron la entrada de personas y bienes de Nepal o la India. Después de la muerte del camarada presidente, las fronteras volvieron a abrirse oficialmente en el 86. No sólo para los nepalíes, los indúes, los birmanos o los habitantes del pequeño Buthan.

Cediendo a la presión de las mismas agencias de viaje que contratan los paquetes turísticos para visitar la Ciudad Prohibida o la tumba imperial de Xian, los chinos abrieron ‘el techo del mundo’ también a los occidentales. Tíbet es ahora un territorio al que acuden turistas en grupos organizados para hacer trekking o padecer dolores de cabeza y vómitos por el mal de altura. Algunos grupos traen a sus propios médicos, que recetan obsesivamente medicamentos contra la giardía, un virus que afecta al sistema digestivo y parece sentir predilección por los cuidados estómagos europeos.

Cuando nos alcanza la tormenta, estoy comiendo curry de arroz y verduras en la casa de té de Lamosangu, un pueblo colgado sobre el rio Bhoti-Kosi. El cielo se desgarra en una lluvia de enormes gotas, que sólo cede ante el diluvio monzónico: el río ruge detrás de la cabaña cuando emprendemos viaje. En el autobús hace un calor húmedo. Miro cómo las mujeres trabajan en los campos de arroz. Se cubren las espaldas con abrigos de bambú y hojas entretejidas. Tras una hora de escalada, el autobús se para. Se ha deslizado un tramo de rocas y barro y se ha llevado consigo un buen trozo de carretera. Nos bajamos todos y empezamos a caminar por el barranco, esquivando las piedras que caen de vez en cuando desde las laderas.

Durante el camino recuerdo algo oído apenas unas semanas atrás, en los altos de Srinagar: en el valle que nace al pie del Himalaya, en los mismos límites del subcontinente, las inundaciones durante la estación húmeda son tan corrientes que la gente, al iniciar viaje, nunca dice cuando llegará a destino: «me verás cuando las lluvias quieran».