Manteca y humo

por | 01 septiembre, 2000 | Notas de Viaje

Tibet, septiembre 1990: en Khasa, un camionero chino acepta llevarme a Shegar Zong, a seis horas de viaje. Cuelgan las nubes sobre los valles y húmedos bosques de cedros se apiñan en las colinas. Los pequeños torrentes están hinchados por las lluvias del mon­zón y las cascadas de los barrancos del otro lado desaparecen entre la niebla. Las nubes son más finas a medida que subimos y dejan ver las montañas neva­das y los glaciares. Cruzamos Nyalem, un aburrido grupo de edificios chinos, y es­calamos el primer puerto, en donde el camionero se para a estirar las piernas. Banderas de oración flamean al viento…

Los paisajes de Tíbet son vastos. Las montañas son de color pardo y rojo, con pequeñas sombras de brillante verdor. Cerca del viejo Tingere se eleva sobre la llanura. a ocho mil metros, el pico Cho Oyo. A lo lejos, niños tibetanos cuidan sus rebaños de ovejas con grandes tirachinas que usan para obligar a las renuentes. Ya es de noche cuando llegamos a una parada de camiones en la que vamos a pernoctar.

A la mañana siguiente me levanto tem­prano y subo la cuesta hasta el antiguo fuerte de Shegar Zong. El blanco palacio se usaba como centro administrativo de esta poderosa región: todo el comercio de Nepal pasaba por aquí, pero ahora sólo encuen­tro ruinas y restos de la ocupación china. Desde lo alto se ve el Everest, al que aquí llamam Chomolungma, la diosa madre de la tierra-.

Regreso y espero a que alguien me lle­ve. Los niños y niñas que cuidan las ove­jas corren a verme y se ríen reunidos a mi alrededor. Uno de ellos me enserla a usar su tira­chinas. Su puntería es perfecta, pero cuando yo lo intento casi me arranco la oreja en medio de sus risas.

Por fin se para un viejo camión y me pongo cómodo en la caja, entre sacos de grano. Algunas zonas por las que atrave­samos son de regadío y el color marrón contrasta con el verde iridiscente y el amarillo de las cosechas maduras. Llegamos a Shigatsé a media tarde. La luz se refleja en el monasterio de Tashi­lumpo. Dejo mi equipaje en el hotel Ten­zin y me pongo a vagabundear por la ciu­dad. Frente al hotel hay puestos de al­fombras y fruslerías y algo más allá mu­jeres que venden pan y yogur. Pago la entrada de veinte yuanes y sigo por los templos a un grupo de peregrinos: apenas quedan monjes, aunque en otro tiempo era un centro importante de enseñanza y ora­ción. Hoy es más un museo que un monas­terio, pero la fe de la gente sigue viva, a pesar de los esfuerzos chinos por ocultarlo: los peregrinos llevan linternas de manteca y vierten la grasa líquida en grandes lám­paras situadas dentro de los templos. El olor de la manteca y del humo permane­ce en las estancias. Impregna el ambiente. Es el olor definitivo del Tíbet. Un olor que la Revolución Cultural no pudo tapar.