Los héroes extranjeros

por | 01 septiembre, 2000 | Notas de Viaje

La Habana, diciembre 1991: regreso y me resulta la ciudad más vieja del continente. Desde el año 60, cuando Batista dejó el país una noche de fin de año, no parece haberse restaurado o construido una sola casa en toda la ciudad.

Las avenidas son amplias, incluso grandiosas, pero el asfalto no es firme. Es casi una tierrilla gris amasada con los detritos y basuras de la urbe, con los restos desmoronados de los viejos hotelitos coloniales. La vegetación de los parques y aceras crece desparramada por todas partes. A veces salta a la calle, o se cuela en los tejados y hasta en los soportales. El cáncer verde característico de los trópicos se apropia de la ciudad y genera la sensación de que la población urbana está en peligro inminente de asfixia. Esa es la impresión más poderosa. La ciudad de las columnas que viera Alejo Carpentier está lejos, en La Habana antigua, declarada patrimonio de la humanidad. El Gobierno hace lo que puede en el casco colonial con los parcos cuartos de la Unesco, pero La Habana vieja es sólo un sueño para pasear a los visitantes que acuden en tropel a la Bodeguita del Medio o a la Floridita. Durante unos instantes, el viajero acodado en la barra de La Bodeguita puede sentirse en el pellejo de Hemingway, el más ilustre de los turistas que pasaron por Cuba, y repetir con él el dicho ya clásico «Mi mojito en la bodega, mi daiquiri en la Floridita». El daiquiri se sirve a cinco pesos. Cuatro más que en cualquier otro local. Sentirse sucesor del orondo don Ernesto cuesta sólo sesenta pesetas… Es curioso: en La Habana, a pesar de los esfuerzos oficiales por popularizar a Martí, los héroes populares son Hemingway y el Ché. Dos aventureros extranjeros con el mismo nombre de pila. Y lo que vale para el pueblo vale también para los turistas. Los guías de Intourist convierten el recorrido por la Habana nueva en un via crucis en pos de la sombra del comandante Guevara. Y repiten la búsqueda de sombras en La Habana vieja, con Hemingway protagonista de un encuentro imposible. Pero La Habana no está allí, tiene poco que ver con los fantasmas instalados en la conciencia ansiosa y apresurada de los visitantes de agencia. La Habana es más El Cerro, el paseo del Malecón, la pequeña África, los rincones oscuros en los que un desesperado intenta resucitar el ilegal mercado libre campesino, en estas calles interminables y cuadriculadas de El Vedado. Está en las viviendas coloniales de aspecto deprimente y cochambroso: la brisa marina del Caribe se come los cementos, granula los mármoles y oxida la piedra. A veces da la sensación de que un estornudo sería aquí tan devastador como el terremoto de Managua. Es sólo una sensación. De tierra abandonada a su suerte, de tiempo devastado. O detenido. Sólo de vez en cuando, un son se escapa por