Fotos con ruido y niebla

por | 01 septiembre, 2000 | Notas de Viaje

Niágara, en la ribera canadiense, marzo 1991: Karel Soucek saltó la furia del agua encerrado en un barril y no se hizo ni un rasguño. Venció en su caída los tres mil metros cúbicos por segundo que devora la cascada y brilló su fama por un día en el universo de los media. Pero su historia es la de un perdedor que hablaba más de la cuenta. «Es mejor para una persona desafiar su propia suerte, antes que vivir en un crepúsculo gris que no conoce victoria ni derrota», dijo tras su proeza. Y luego se rompió la crisma al tirarse a una piscina.

En 1984 trasladaron su cadáver al cementerio de Drummond Hill, en Ontario, detras de la única ciudad canadiense que la gran América considera suya. Allí descansa entre el ruido y la niebla, convertido en una atracción más en un pueblo que es sólo un gran parque de atracciones: catorce millones de turistas llegan todos los años, compran su tíquet con derecho a impermeable desechable, descienden a las entrañas del agua,  recorren la caída de la herradura en ‘the Maid of the Mist’ -la Señora de la Niebla-, y se despliegan sobre la ciudad en busca de otras emociones más digeribles.

Entre el ruido y la niebla, las cataratas se han convertido en la atracción que menos tiempo retiene a los visitantes. Un vistazo y un obligado par de fotos desde el mirador o los túneles (muchos pares de fotos multiplicados por catorce millones de visitantes, que hacen de Niágara Falls la ciudad del mundo dónde se venden más carretes fotográficos), y después comienza la verdadera fiesta: un recorrido interminable por La Casa de los Espíritus, el Museo de Cera, el acuario tropical, el parque marino, el museo de Elvis Presley, las torres, la estatua del hombre más gordo del mundo y el catálogo completo del Guinness, el gigantesco reloj de flores alimentado cada año con 25.000 nuevos esquejes..

Y por encima de todo, gobernando la economía de las dos ciudades que es Niágara Falls -una en el canadiense Estado de Ontario y otra en el lado norteamericano- la cascada sobrevive instalada en la muy respetable industria del himeneo. Dicen que en Niágara las doncellas dejan de serlo: docenas y docenas de moteles se ponen las botas con un turismo superespecializado, que acude al embrujo hortera de los dos corazones entrelazados. Es el símbolo de la hostelería de una ciudad que atrae millares de parejas en luna de miel: en otros tiempos más benévolos o mas hipócritas que este, la ciudad fue considerada la capital mundial del desvirgue. Hoy es ya sólo una caricatura de sí misma, tal como la vio Henry Hathavay para la Monroe. Una ciudad dónde ni un pobre perdedor como Karel Souceck se libra de verse convertido en souvenir.