La ciudad gris

por | 03 septiembre, 2000 | Notas de Viaje

Bruselas, marzo 1992: Cuando Julio César llegó a Bélgica, en el 57 antes de Cristo, ni se dignó parar en lo que hoy es Bruselas. El firme sobre el que se asienta la capital de Europa era entonces una marisma infecta, alejada de las rutas principales que cruzaban el mundo conocido. Aún así, las marismas fueron elegidas por los grandes dignatarios y los generales de la Legión como lugar para construir sus mansiones en el Norte. Bajo lo que son hoy la Chaussée de Haecht y la Rue Haute, se han descubierto estatuas de bronce y monedas que atestiguan la extraña predilección de los burócratas y funcionarios de Roma por esta tierra oscura y sin pasiones.

Desde entonces, la ciudad ordenada y gris, capital tradicional de una nación que sólo existe en la mente de los belgas, se ha mantenido fiel a su origen abierto a los extraños: invadida por las hordas bárbaras que derrotaron a las legiones y redujeron a cenizas el imperio de los Césares, Bruselas ha dejado cruzar sus calles a los Tercios españoles, los ejércitos de los Habsburgo y las tropas de Napoleón, derrotado apenas a unas decenas de kilómetros de su Grand Place por el inglés Wellington. Bruselas ha vivido dos guerras mundiales, ha sido invadida por los prusianos del Kaiser Guillermo y por las divisiones de Hitler, y nada de eso ha interrumpido el ritmo imperturbable de esta ciudad de burgueses y comerciantes acostumbrados a padecer la historia sin grandes alharacas. Pasaron los ejércitos sin detenerse demasiado, y ningún general o guerrero victorioso estableció aquí su corte… no encontraron en Bruselas nada especial.

Para explicar su capitalidad europea, hay quien dice que la aburrida Bruselas es la capital que es, precisamente por ser la ciudad del compromiso. Lo ha demostrado superando durante siglos el constante pulso entre las comunidades valona y flamenca, y soportando con resignación oportunista el paso de unos y de otros. Pero hay también quien asegura que siendo cierta la capacidad bruselense para el equilibrio y el diálogo, para el pacto y el acuerdo, Bruselas fue elegida para convertirse en el centro de la Europa que andamos construyendo a golpe directivas, por ser la más antigua de las nuevas ciudades europeas: las grandes ciudades del continente se asientan alrededor de la catedral, símbolo del poder eclesiástico, o del Palacio Real, símbolo del poder del soberano. Pero en la muy católica y muy monárquica Bruselas, los grandes edificios y los monumentos han sido siempre los de la administración y el dinero.

Con su arquitectura burguesa y laica, Bruselas es la prueba urbana de que burocracia y negocio son la nueva cultura del mundo.