Rojo sobre blanco

por | 01 septiembre, 2000 | Notas de Viaje

Nouakchott, marzo 1990: desde el aire, la ciudad es una más de las diez o doce capitales del desierto. Un cruce de caminos en las rutas del Sahara y el Sahel. Una aldea de seiscientos mil habitantes construida en una superficie tan grande que resulta difícil creerlo… apenas un punto concreto en una región de pozos de agua a veces salobre, a veces potable, al lado de un muy modesto puerto del Atlántico sobre el que fue levantándose poco a poco una administración.

Pero cuando aterrizas, Nouakchott deja de ser la imagen sorprendente de miles de chozas que sabes construidas en material de desecho y argamasadas con cemento y conchas marinas y se convierte en un pueblo más de Africa, bajo el polvo fino del desierto que ataca la fisonomía de plazas, monumentos y edificios y cubre el alma de sus gentes hasta hacerla intransitable para cualquier extranjero. Ese polvo de arena, común a tantas geografías de la pobreza, tiene en Nouakchott una seña de identidad propia, que radica en el origen marino del lecho sobre el que se asienta y extiende la ciudad. Millones de millones de millones de conchas, que convierten a Nouakchott en el mayor cementerio de moluscos del planeta, hacen que el polvo asfixiante de la arena del lugar parezca menos rojizo y más blanco -por tanto más luminoso- sobre la tez de sus gentes.

Pero hay más cosas diferentes en la capital de esta nación de dos pueblos y dos razas: es precisamente el color de la piel de sus hombres y mujeres, sólo ligeramente tostada en la mayoría mora y definitivamente negra en los inmigrantes de origen senegalés, la primera razón de discordia y sangre en una ciudad que hasta 1980 conoció legalmente la esclavitud. Un recuerdo demasiado cercano para ese millar largo de africanos negros, asesinados salvajemente en los barrios pobres de Nouackchott hace ahora justo un año, cuando la reacción ante los disturbios fronterizos con el vecino Senegal tiñó nuevamente de rojo el polvo blanco de las calles…

Dicen los mauritanos blancos que aquello fue un ‘pequeño exceso’ y que ha pasado desde entonces el tiempo suficiente para que las aguas se remansen. Dicen que el cese del ministro del Interior, mano derecha de Uld Taya desde el golpe incruento de los coroneles y responsable directo de la sangre de hace un año, es un gesto de buena voluntad hacia los franceses, hartos de matanzas indiscriminadas en Nouackchott y en Dakar. Y dicen que en Mauritania no ocurre nada, que el país esta ya en calma.

Pero lo cierto es que las rutas del desierto siguen sin llevar a ningún sitio, con el norte roto entre marroquíes y polisarios y el sur enzarzado en el polvo rojo de la disputa racial… que Nouakchott sigue ahí, en el inútil cruce de caminos entre el África que fue y la que no llegará a ser.