Tiempos de Magnum

por | 01 septiembre, 2000 | Notas de Viaje

Caracas, febrero 1990: El taxista se llama Casimiro, según reza en el permiso grapado en el frontal de la guantera. Es un hombre grande, de unos 55 años, acolchado a base de filetes de cebú y guasacaca. Casimiro conduce un destartalado «Chevy» marrón, posiblemente importado en los tiempos del renglón abierto y el dólar fácil, cuando la abundancia mandaba; un «Chevy» que ahora es sólo un remedo burlón de aquellos días felices, un remedo que renquea por las avenidas del gran Caracas serpenteando alrededor de las acequias abiertas del río Guaire y su amasijo de detritos.

Casimiro no ha dejado de mirar ni un instante a las pasajeras del asiento trasero, con el rabillo de un ojo singularmente saltón y extraño que usa alternativamente para eso y para controlar el tráfico a su derecha. Queriendo impresionarlas, cuenta que esa tarde el Ejército ha tomado las calles y que ha habido tiros y más tiros contra los alborotadores que asaltaron los comercios de ropa del Centro Simón Bolívar y se llevaron los trajes y los maniquíes. En verdad, fueron un par de perdigonadas a las bases rebeldes de aquella CTV que llevó a Carlos Andrés al triunfo por segunda vez, pensando que el regreso de CAP a La Casona sería el regreso de la plata a las calles.

Y a las calles lo único que ha vuelto, sin haberse ido nunca, ha sido esta miseria que se come a las gentes y sus esperanzas y les hace añorar los días del dictador Pérez Jiménez. Casimiro no se anda con chiquitas: morocho, hijo probable de catira y mulato, bautizado en la fe de sus padres y educado en la violencia de los tiempos, parece estar dispuesto a adoptar bajo su personal protección al pasaje que conduce al centro de la noche, a las salas de fiestas preparadas para los que nada se juegan en estas furias. Casimiro ha tenido a bien aclararnos que su verdadera vocación en esta vida es la de funcionario de la República, confidente por horas de la temida DISIP.

-¿Funcionario?

-Sí, de seguridad, -dice-; y nos enseña su carnet de color verde con la foto taladrada por las siglas más odiadas del país. Con las letras muy claritas: Seguridad del Estado. El mismo o parecido carnet que guardan en algún lugar del bolsillo o del alma esos cientos de taxistas que has visto en los aeropuertos de Moscú, de Santiago o de Bangkok. Casimiro es uno más de esos taxistas del sistema. Y por si alguien pudiera poner en duda de qué va su historia, señala con el otro rabillo del ojo, el bueno, el impresionante «Magnum 38», edición especial para agentes de la DISIP, que asoma la culata de madera lacada por entre una lata de Coke semivacía y una revista de chicas atrevidas.

-Es un cinco tiros, -dice-; y explica que sólo usa balas perforadas. Y lo dice así, como un presente a sus pasajeros en este viaje: para que se sientan seguros.