Un día para la música

por | 23 enero, 2021 | Crónicas canallas

Tocata y fuga de Antonio Morales como efímero consejero de Cultura del Cabildo grancanario

Antonio Morales es sin duda uno de los personajes de más largo recorrido en la política local canaria. Él y su compañero (y no necesariamente amigo) Román Rodríguez son dos claros exponentes de una forma de hacer política un poco arcaica, aunque cada uno tiene su propio estilo: Morales es un tipo bronco y rudo, siempre dispuesto a fajarse a las claras y con quien haga falta. A Rodríguez le mejora mucho su tupé de gremlin ruinito y la experiencia de cuatro años como presidente del Gobierno regional. Por Coalición Canaria, un pequeño borroncete en su autobiografía de izquierdas, que Román intenta obviar cada vez que puede.

         En los últimos años, Morales ha protagonizado sonados encontronazos y denuncias a medios más o menos dispuestos en formación acorazada, y con todo tipo de gentes que no opinan como el sobre el gas, el nacionalismo, el reparto de las inversiones entre Tenerife y Gran Canaria, sobre cómo ha de cobrarse el dinero en una residencia de ancianos municipal, o incluso sobre la depuración de aguas residuales. Que se sepa, Román nunca le ha llevado la contraria públicamente a Morales, y Morales no le ha llevado nunca la contraria públicamente a Román, ni siquiera cuando se trataba de contar cuantas cabras caben en una amurga bien medida.

         Quizá por eso, una de las cosas que más llamó la atención de aquella famoso foto de Román y Arriaga en la puerta del restaurante La Gioconda, fue que Román y su alter ego, Carmelo Ramírez, hubieran compartido secretamente mesa y mantel no sólo con el mandamás regional de Ciudadanos, sino con su hombre de confianza en Gran Canaria, el consejero insular Ruymán Santana, que en las semanas previas la había liado parda con Morales a cuenta de sus movimientos orquestales en la oscuridad.

Ruymán Santana es un tipo de largo recorrido: socialista antes que fraile, reciclado en Nueva Canarias hace unos años y más tarde brazo derecho de Arriaga, mientras tontea discretamente con el PP grancanario, por eso de tener un acomodo si las cosas se ponen feas en Ciudadanos. Santana, además de esa coherente trayectoria suya que le lleva en unos añitos más de cabeza al abascalismo, es una de las escasas voces críticas con Morales en el Cabildo insular. Algo interesante tenía que tener el hombre.

En los últimos meses ha tenido Santana sus momentos de gloria, al convertirse en la voz que clamaba en el desierto. Una voz alzada contra Karel Mark Chichon, director musical de la Orquesta Filarmónica de Gran Canaria, al que ha acusado de distintos tipos de desvaríos: abuso de su condición de mero contratado, nepotismo, gastos desproporcionados, tolerar comportamientos impropios a su esposa (la de Chichón, que también trabaja en la Orquesta), y acoso laboral reiterado a al menos tres empleados, que han presentado las correspondientes reclamaciones contra su jefe.

Ante esa hoja de servicios, Santana viene pidiendo desde noviembre pasado a la comisión ejecutiva de la Orquesta  que cese a su director, por excederse en sus funciones. Santana señaló que Chichon, a pesar de disponer de un mero contrato de servicio “actúa como si fuera personal de la fundación, usando un despacho y reformándolo, dando órdenes al personal…”, y que ha pasado facturas por más de ¡¡¡60.000 euros mensuales!!!, además de cobrar un muy generoso estipendio de 300.000 euros al año.

La petición de don Ruymán de cesar a Mr. Chichon, no fue bien acogida por Morales, que es de natural un hombre poco agradecido cuando le piden cuentas o pretenden condicionar sus creencias o decisiones. Hay quien dice que no se trata sólo de soberbia, sino de favores comunes. Sea porque a Morales no le tose nadie, sea porque realmente Chichon es uno de los que hay que defender, el presidente del Cabildo se ha convertido en los últimos meses en el principal valedor de su director de la Orquesta, al que entre los consejeros del Cabildo –incluso de Nueva Canarias- se califica abiertamente como ‘rey del derroche’: lo dicen porque se gastó una pasta en mejorar su despacho, y parece gustarle (bastante) el oropel y apariencia que aporta el dinero. Pero si el dinero no es público, eso no es necesariamente delictivo, que se sepa. Podría llegar a serlo alguna de las tres denuncias de empleados suyos que le acusan de prodigarles acoso, maltrato y gritos. Quizá ocurra que ser directivo del Cabildo y cobrar un fortunón acabe por agriar el carácter…

En fin, que una de las denuncias presentadas lo fue por el gerente de la Orquesta, Christian Roig, otro que ganó plaza en concurso, y al que no le gustan el estilo y los métodos de Chichon. El señor Roig es gerente, pero con alma de administrador, y le ha frenado en varias ocasiones contratos y propuestas a Chichon, además de denunciar internamente a sus superiores, con acusaciones graves, alguna de sus supuestas prácticas, como contratar por encima del valor de mercado, dar facilidades y canonjías a sus leales, o actuar a través de una empresa instrumental lituana o de p’allá.

Esas acusaciones enfrentaron a Morales con Roig. Es probable que el gerente sea consciente de que le quedan dos telediarios, tanto como lo que marca su contrato, y eso lo haya envalentonado aún más: se dice que su denuncia por acoso laboral contra Chichón ha sido valiente, está bien documentada, abre la posibilidad de investigar irregularidades y es muy consistente.

La investigación abierta en el Cabildo al director musical de la Orquesta se lleva con prudente discreción, como procede, pero Morales quería conocer los detalles. El reglamento de funcionamiento establece que los funcionarios que se ocupan del expediente no pueden facilitárselo más que a la consejera de Cultura, la socialista Guacimara Medina, que es quien preside la Fundación de la Orquesta. Es obvio que Morales le pidió a Guacimara echar una ojeadita a los papeles, y que ella se negó a dárselos. No sólo no tiene por qué hacerlo, es que podría cometer una irregularidad denunciable si se supiera que lo ha hecho…

Supongamos que eso ha provocado algunos días de tensión y tiras y aflojas entre Morales y su consejera, hasta que el jueves de la semana pasada, a Morales le salió el alcalde que lleva dentro y se montó la alcaldada: cesó a Guacimara Medina como consejera de Cultura, asumió sus funciones como presidente de la Fundación, exigió tener acceso al expediente, se lo dieron (faltaría más), lo fotocopió, lo devolvió y al día siguiente volvió a devolverle las competencias en Cultura a su legítima propietaria (en virtud del pacto insular).

Morales es mucho Morales, sin duda, pero hasta para un tipo capaz de fajarse con quien haga falta, lo de cesar a una consejera para acceder a un documento reservado parece demasiado. Guacimara Medina, que es una señora bastante sensata, ha preferido no abrir la caja de los truenos, pero quienes la conocen saben que no va a perdonar una afrenta así. Es verdad que sus colegas del cabildo aún andan preguntándose que fue eso, pero podría jurar sobre la Biblia y sin temor a condenarme que algo así con Luis Ibarra no habría podido ocurrir. Nunca.

La situación actual es que en el PSOE cabildicio tiemplan gaitas y se mesan las barbas, pero en el 38 de Pi y Margall hay siroco y están que trinan. A Chano Franquis, partidario desde hace años de guardar distancias con Nueva Canarias, esta último cacicada le ha puesto de mal parto, y Morales –que precisa del PSOE para rematar su segundo periodo de mandato- aún parece no haberse dado cuenta de que se le fue la mano. Y disculpas no va a pedir, eso está claro.

En política, la mayor parte de las tensiones y conflictos se agotan en si mismos: en los gobiernos de coalición, los frenos y contrapesos suelen ser tantos que es difícil que un solo acontecimiento modifique la tendencia a arrejuntarse en torno al calor del poder. Pero podrían estar alineándose algunas cosas. Por ejemplo, la moción en el cabildo majorero, el enorme cabrero de Blas Acosta con Nueva Canarias o el acuerdo de Román Rodríguez con Ciudadanos para que en Tacoronte el PSOE quede fuera de la alcaldía en su turno time-sharing, que empieza en junio.

Es cierto que el Gobierno de las flores se mantiene estable a pesar de los mil y un rumores que inventa la oposición y en el propio Gobierno se creen, pero ya nos acercamos al medio mandato, y eso acumula mucha mala sangre. A lo peor alguien reinventa la vieja fórmula de patear a Antonio Morales en trasero ajeno: ahora Román Rodríguez sólo cuenta con cuatro diputados, los mismos que Podemos. Y con menos votos en las elecciones. Esta semana se ha escuchado algún chisme sobre negociar con Podemos (y no con Román Rodríguez) su representación en los organismos dependientes del Parlamento. En el Consejo de la tele canaria, para empezar. Y por ejemplo.

Por liarla que no sea.