Señalando al vacío

por | 01 septiembre, 2000 | Notas de Viaje

La Habana, junio 1985: Cada tres o cuatrocientos metros, una solitaria y pequeña farola con bombillas de sesenta watios ilumina las avenidas y las calles. No hay ninguna luz en las casas -son las dos de la madrugada- y no se ve ni un alma. De vez en cuando, algún cartel de propaganda, iluminado con focos, muestra la efigie paternal de un Fidel en rojo y blanco que anuncia los objetivos del quinquenio. Pasan de un lado a otro, prácticamente vacías, guaguas de montaje cubano construidas con piezas búlgaras. Material de hace veinte años, traído de la Europa del Este en los barcos de la flota cubana. Las piezas se ensamblan bajo la dirección de especialistas de la RDA en una factoría de Cienfuegos. La marca de fábrica es Girón, en evidente recuerdo de aquella gesta revolucionaria que originó la última úlcera del primer Kennedy.

Paseamos por la Avenida de la Independencia. Es una de las arterias de la ciudad, y desemboca en la Plaza de la Revolución. Cuentan que los planes para su construcción se remontan al año 26, cuando el ‘presidente de los mil matones’, el dictador Gerardo Machado, gobernaba el país. El arquitecto Forestier fue el encargado de realizar el proyecto de una plaza cívica que no llegaría a materializarse. Pero los cubanos recuerdan la participación de Forestier con indisimulado orgullo. La plaza comenzó e construirse en el año 50, dos antes de que el sargento Batista se hiciera con el poder. La Habana era entonces, por encima de cualquier otra cosa, una suerte de protectorado yanki en el Caribe con cadillacs y casinos. Tiburones venidos con carteras repletas de dólares desde el mismo desierto de Nevada se habían enseñoreado de la ciudad y proyectaban convertirla en un barrio residencial para norteamericanos amantes de las emociones fuertes, la lujuria de pago y el juego duro.

Batista quería convertir la plaza hoy de la Revolución en el símbolo de su nueva ciudad. Pero nunca la concluyó. Lo harían finalmente los barbudos de Sierra Maestra, adornando su centro con un monumental y horrible obelisco en forma de estrella de cinco puntas. Se gastaron 20.000 metros cúbicos de hormigón, 10.000 toneladas de mármol y dos mil de acero. Mide casi 150 metros de altura, y todo él está cargado de símbolos y referencias. Fidel quiso también convertirlo en el símbolo de la nueva Habana socialista, sin gran éxito. En su base, grabada en mármol verde, una frase del apóstol Martí recuerda que «los grandes derechos no se ganan con lágrimas sino con sangre».

Así pudo ser antes… ahora, Cuba llora en silencio su aislamiento y su pobreza. El gigantesco obelisco de la Plaza de la Revolución es como un dedo acusador por la sangre vertida en balde. Un gigantesco dedo acusador que señala al vacío.