Intendencia sexual

por | 01 septiembre, 2000 | Notas de Viaje

La Habana, junio 1985: tengo todavía algo de tiempo hasta mi cita de las seis y acompaño a Gilbert y a su grupo al hotel, sin encontrar demasiados problemas para poder entrar. En recepción me advierten, de todas formas, que no debo permanecer en las habitaciones de los delegados franceses. En Cuba está prohibido -en principio- llevar invitados de cualquier género a las habitaciones de los establecimientos hoteleros. Para poder hacerlo, es necesario pedir un permiso en recepción, que comunica el nombre del huésped y del visitante a la policía. Suelen tardar dos días en conceder el permiso.

Por eso, los ligues de ocasión entre turistas y naturales, mucho más frecuentes de lo que las autoridades quisieran, o se planifican claramente, sin tapujo alguno, o se materializan a las bravas en parques y jardines o en casas particulares. En los últimos años, con un desarrollo del turismo cada vez mayor, y al margen de la muy floreciente industria de la prostitución, algún avispado bien relacionado con los ‘carpetas’ de los hoteles, cede una habitación de su casa para esporádicas prácticas eróticas, previo un módico pago, a veces en especies occidentales.

Estas ‘casas de cita’ no son burdeles ni nada que se les parezca. Su sistema es más bien el de pensión por horas, y a veces se hacen grandes amistades entre el ‘gerente’ del negocio y sus ocasionales inquilinos. Los CDR, que conocen perfectamente la práctica, hacen la vista gorda, porque los cubanos son muy tolerantes en estas cuestiones. Los CDR comprenden que los visitantes extranjeros no pueden hacer uso de las ‘casas del amor’ que las autoridades han instalado en las afueras de la ciudad para que las parejas con problemas de vivienda puedan satisfacer con cierta intimidad sus ardores. Por eso no se inmiscuyen, y las autoridades de turismo dejan a los ‘carpetas’ de los hoteles y los empleados de cabarets y bares que desarrollen libremente su buena disposición a echar una mano y facilitar una dirección cuando ven a algún cliente en apuros. Lo hacen como favor, y no piden nada a cambio. Se trata de una suerte de solidaridad sexual, fruto de una comprensión inmediata de las necesidades ajenas.

Comento esto con Gilbert y su grupo, acodados en la barra del bar del Habana, mientras ellos beben un daiquiri y yo un aromático ‘mulata’.     

Gilbert alucina con la información, pero sus amigos -especialmente Marie-Chantal- parecen muy interesados. Les propongo pasar a eso de las ocho por una de las ‘casas del amor’, y darnos un salto luego al Tropicana, el más famoso de los lugares de encuentro de La Habana nocturna. El comunista Gilbert no llega a esbozar ni tan siquiera una protesta. Y es que su gente está entusiasmada con la idea.