Las tiendas Intour

por | 01 septiembre, 2000 | Notas de Viaje

La Habana, junio 1985: el taxi nos espera en la esquina. En diez minutos y sin mediar palabra estamos todos -Pedro, el profesor, el taxista y yo- dentro del hotel Tritón, dentro de la tienda. Ellos no acaban de creérselo, pero no ha resultado nada difícil.

Las tiendas Intur son un escaparate al consumo en las mismas narices de un pueblo sediento de bienes ‘de afuera’. En teoría, las tiendas se montaron para vender recuerdos a los turistas: postales, planos y callejeros, cerámica, ron, habanos, lagartos disecados y esas cosas, pero en ellas sólo muy residualmente se encuentra alguna postal o cuatro viejos ejemplares empolvados de la guía de La Habana de Günter Graus, impresa en la RDA.

Lo que hay en las tiendas son montañas de cacerolas, neveras, zapatos de todos los números, corbatas de Pierre Cardín, perfumes Maja, prendas de vestir de cualquier talla, precio y color, cintas de video en Betamax, norteamericanas y traducidas para el público chicano. Hay también Pepsi-Cola rusa, y medias, y montañas de tubos de Colgate, gilettes de usar y tirar, encendedores bic, imperdibles, cinturones, pegatinas de los héroes de la Marvel y de Snoopy, tabaco de marcas americanas fabricado en Canadá, bolsas con cinco kilos de azúcar, vajillas de cuarenta y seis servicios… Hay cañas de pescar, televisores japoneses, barras de goma de mascar empaquetadas de diez en diez, sujetadores Playtex, tejanos Lee confeccionados en Singapur… Hay casi de todo, menos productos norteamericanos. Es un auténtico zoco.

Después de montar las tiendas, que están instaladas en los vestíbulos de los hoteles, el gobierno descubrió que los cubanos compraban en ellas a través de los turistas y que de esa forma, los dólares del mercado negro, o los que los ‘gusanos’ de Miami dejan a sus familiares cuando vienen a visitarlos, volvían a las arcas del Estado. De forma imperceptible, las tiendas fueron llenándose de mercancías occidentales a precios desorbitados, y una nueva profesión nació en Cuba: la de cazador de turistas o ‘jinete’.

Pedro, el buen Pedro, es un cazador.

Y yo soy su presa.

Pedro cobra una pequeña comisión a sus clientes por presentarles turistas que estén dispuestos al tráfico, y algunas veces compra él mismo algo que revende luego por ahí. No tiene ningún trabajo, y vive a salto de mata, pero no es perseguido, porque cumple una función social: recupera divisas para el tesoro de la república.

La diligencia que aplica a su tarea ayuda a que el Consejo de Estado pueda continuar abonando religiosamente a la banca europea -en divisa fuerte- esa misma deuda exterior que Fidel recomienda encarecidamente no pagar a sus vecinos del tercer mundo hispano.