Nada cambia

por | 01 septiembre, 2000 | Notas de Viaje

Managua, julio 1985: seis años después de la guerra del 79, de la huida vergonzante de Somoza y de la victoria de los ‘chavalos’, la ciudad continúa instalada en el mismo desierto verde y arrasado que dejó el terremoto. El centro histórico de la capital, a la sombra del volcán Momotombo, en la orilla del lago, sigue siendo hoy un descampado con calles trazadas, salpicado aquí y allá por las ruinas de los escasos edificios que resistieron la catástrofe. Tan sólo unas decenas de casas prefabricadas, un parque en las cercanías de la Asamblea Nacional y tres o cuatro esculturas con el inconfundible sello de la imaginería socialista, dan fe de las ideas urbanísticas del alcalde Moisés Hassan. La revolución hace ondear banderas sobre los edificios más altos, pero siguen siendo pocas las banderas en Managua. La revolución no tiene medios para construir las viviendas prometidas, pero atrae a la ciudad a miles y miles de gentes. La revolución ha deteriorado el paisaje social de la ciudad, pero su paisaje urbano es el mismo de siempre. El mismo de Somoza, el paisaje del temblor que arrasó la urbe. Por eso, en el lenguaje de Managua, la expresión «donde estuvo» tienen la vigencia de un pasado que fue mejor, de un pasado que suena mágico y mucho más remoto de lo que en realidad es. Esa expresión sirve todavía de referencia obligada para paseantes, taxistas y mandaderos: «de donde estuvo la fábrica de doña Luisa, dos cuadras al Este y tres al lago»: una dirección.

Alrededor del viejo centro, del espacio vacío, la sucesión de barrios construidos con ayuda internacional después del 72. Más repletos que nunca, hasta albergar el millón largo de habitantes que soporta hoy la capital de Nicaragua. La única diferencia es que ya no se llaman Reparto Shick, ni Ciudad Jardín, ni Open; los viejos nombres anglos los han cambiado por nombres de combatientes distinguidos, de niños héroes, como aquél Quincho Barrilete ‑el que vendía bolis en los buses‑, cantado por Carlos Mejía Godoy. No recuerdo si al Mercado Oriental o al Mercado Israel les han cambiado el nombre; de lo que estoy seguro es que la gente les sigue llamando como siempre. Y es que Managua después de la revolución, como tantas otras ciudades por las que pasa la historia, conserva la memoria del pasado con obstinada obcecación.

Con sentido práctico, el régimen aprovecha las construcciones más representativas de los últimos años de Somoza. El bunker, la vivienda sin ventanas que Tacho abandonó a toda prisa hace siete años, con el único equipaje de las reservas en oro del Tesoro y el ataúd de su padre, está donde estaba, rodeado como siempre por el verde de Managua. El campo donde Somoza hijo arengaba en el más furibundo de los anticomunismos a sus ‘chigüimes’, la elite de su Guardia Nacional, es hoy también lugar de entrenamiento. Cambian los uniformes y los discursos. Pero lo demás sigue igual.