Los Chamorro

por | 01 septiembre, 2000 | Notas de Viaje

Managua, julio 1985: los signos externos de la clase media capitalina han desaparecido al mismo tiempo que sus dueños. La burguesía que hizo la guerra contra Somoza, armas al hombro, junto a los proletarios o los ‘gepepés’, se ha ido a hacer la paz en Miami, a engrosar las filas de la colonia hispana y a repetir las mismas historias de sangre y sufrimiento con los exiliados cubanos. Los profesionales y las clases medias han huido directamente a Costa Rica. Nicaragua no es una isla. En los últimos seis años, se calcula que han abandonado el país seiscientas mil personas, cruzando las fronteras legal o ilegalmente. En todo el país, no queda un médico de más de treinta años. Ni un arquitecto de más de treinta años. Ni un abogado de más de treinta años, ni un maestro de más de treinta años, ni un militar de más de treinta años. Nicaragua en un país vacio de clases medias, poblado por jóvenes soldados, por jóvenes brigadistas y por jóvenes cooperantes. Un país uniformado, en el que las familias de la burguesía han tenido que optar por el uniforme o la resistencia.

El caso de los Chamorro es paradigmático: doña Violeta, viuda del asesinado Pedro Joaquín, el primer periodista que se enfrentó a Somoza, se esconde en el más profundo de los silencios: las ‘turbas sandinistas’ han asaltado su casa un par de veces, han pintado eslóganes y consignas y chabacanos insultos en las paredes de su quinta, han roto los cristales a través de los que Pedro Joaquín veía morir Managua. Doña Violeta esta marcada por el desengaño: su yerno Xavier, casado con su hija más querida, se ha convertido en director del progubernamental Nuevo Diario; uno de sus hijos es hoy mandamás del periódico Barricada, órgano oficial del sandinismo; otro dirige ‑desde el exilio‑ el diario La Prensa, el periódico más censurado de América. Hace unas semanas regalaron con el periódico una edición de la ‘Rebelión en la granja’ de George Orwell, y la oficina de propaganda del régimen retiró todos los ejemplares, considerándolos literatura contrarrevolucionaria. Los cerdos Napoleón y Snowball no tienen cabida en la iconografía de esta revolución.

Claudia, otra de las hijas de Doña Violeta, es embajadora del sandinismo en Costa Rica. Algunos dicen en voz baja que se fue con los ‘ticos’ para no ver morir de pena a su pobre madre.

Pero no es cierto. Claudia rompió con su madre cuando su madre rompió con la Junta por «echarse en brazos del comunismo». Y doña Violeta no va a morir de pena, ni de ninguna otra cosa. Quiere seguir siendo leyenda viva. La esposa querida del primer muerto de la revolución de ‘los chavalos’ mantiene su propia apuesta con el futuro.