Lucio Lenin

por | 01 septiembre, 2000 | Notas de Viaje

Al norte del Rio Coco, en un punto indeterminado de la frontera de Honduras con Nicaragua, agosto 1985: lo bautizó su padre y le llamó Lucio por un amigo de Corinto, criador de tortugas, y Lenin porque le gustaba el nombre. No sabe muy bien quien fue Lenin -«un general ruso muy valiente, creo. Ganó una guerra contra los gringos de Alemania»-, dice.

Su padre murió en una emboscada de la contra. Trabajaba en una plantación de frutales, cerca de El Jícaro, provincia de Nueva Segovia, y habían tenido ya algunos encuentros con la contra. Pero no fue allí. Ocurrió un día, cuando iban a dejar unas bestias a un potrero de El Chorro, en Pueblo Nuevo. Un grupo es agarró: salieron por la vereda y les dieron el alto. El padre echó mano de una escopeta y cayó muerto allí mismo. El ni se movió y resulto capturado, con otros dos primos suyos. Un hermano de Lucio, de nombre Esteban, salió por piernas y Lucio cree que salvó la vida.

Cuenta como le fue con la contra: «primero nos sacaron de allá, a la selva, y un contra, uno que yo conocía, de nombre Antonio Umanzorro, al que llaman ‘El Bigotes’, se puso fiero porque los suyos habían matado a mi padre. El es de los Carpules, y mi padre nació allá. Por eso se puso fiero, y daba muchos gritos, y llamó con una radio al jefe de él, que se llama Efrén Mondragón, y le dijo que tenía tres chavalos y que nos llevaba a base». Y así fue: la contra les hizo cargar sus bultos hasta la base de Honduras, y por el camino les preguntaban quién era el jefe del Servicio Militar Patriótico y que si había milicias en Pueblo Nuevo, y esas cosas, pero ellos no sabían.

Lucio Lenin tenía entonces trece años, y sus primos eran aún más jóvenes. La contra los instruyó en las bases de Honduras y les integró en uno de sus batallones. Les pusieron un arma encima, fusiles americanos -«son mejores que estos», dice, «pesan menos y nunca se estropean, el agua no los jode», y los bajaron otra vez a la frontera a luchar contra los BLI. Dice que nunca se portaron mal con él: «mataron a mi padre, pero eso es la guerra, siempre mueren algunos».

Recuerda de la base de Honduras los chicles americanos que repartía un gringo, y una vez que dos se liaron a tiros «allí mismo, por una tica que hacía la comida, y uno mató a otro», y recuerda sobre todo una jalea en bote que llamaban de ‘estraberri’ y que hacían las negras en Los Estates. Dice que algún día volverá a las bases de la contra a por esa jalea. «Era una jalea muy rica, mucho, pues», asegura, y dice que lo que más le gustaría, más aún que volver a comer la jalea, sería volver a su pueblo y ver a su madre, que «ahora está sóla con un hijo y tres hembras, y no podrá ella con todo».