La ciudad del gran fracaso

por | 01 septiembre, 2000 | Notas de Viaje

La Habana, junio 1985: no es la ciudad más sucia ni más pobre del mundo, desde luego. Pero es la ciudad más sucia y más pobre del mundo comunista. Nada que ver con la absoluta limpieza de las calles de Europa oriental, ni con su ambiente gris y triste, su higiene de hospital y su orden militar. La Habana parece una ciudad-gruyere. Los hotelitos de la zona residencial están hoy ocupados por seis o siete familias, una por cada dos habitaciones en los mejores casos; pero las familias disfrutan de una cierta intimidad. Muchas de las estancias son altas, y los funcionarios de vivienda, con la ayuda de voluntarios de los CDR y de los propios inquilinos, han convertido cada habitación en dos, una encima de otra, apuntaladas con gigantescas burras de metal y con suelos de madera para construcción. No suele haber cristales en las ventanas, pero tampoco son muy necesarios. A veces, hay quien las tapa con páginas de periódicos. Cuando hace viento, cuando cae la lluvia de la brisa, las ventanas de La Habana son una expresión viva de propaganda al régimen. Miles de páginas del Granma o del Juventud Rebelde, cantando las hazañas del brigadista angoleño o del obrero que produjo por encima de su norma obligada o de la mujer madre de cuatro pioneros, aletean como velas de encaje al viento suave del monzón domesticado.

La imagen de esta ciudad es como una pesadilla tolerable y mágica. Aunque su desidia y abandono puedan arrasar cualquier conciencia grácil y matar todo un sueño de progreso y bienestar, aunque sea esta mañana de junio un remedo criollo del infierno de Dante, aunque la razón se seque al sol de las renuncias… La Habana tiene una magia que trasciende su propia y absoluta ruina para elevar el surrealismo barroco de su geografía urbana y social a la categoría de lo místico o lo sublime.

No es, pues, una ciudad en la que le quepa al visitante un espacio para la indiferencia. Es como una mujer incomoda pero zalamera. Como un retrato de familia en el más puro estilo kitch, vergonzantemente oculto en el baúl de los mejores recuerdos de la infancia. Como una provocación sensual y algo perversa, un grito bárbaro de decadencia y descuido, un viaje permanente a las profundidades del olor, del color, del sonido, de la luz y del tacto. El aroma nitidamente sexual de un mango podrido.

Pero La Habana es, sobre todas las cosas, la expresión patente del fracaso de la última aventura del progreso. La expresión de la renuncia al criterio, de la falta de fe en la capacidad de las palabras y en la redención por los hechos. Un recuerdo borroso, burlón, coloreado como esas fotos semioficiales, de lo que fué el gran proyecto socialista para América.

En La Habana, y no en algún lugar perdido de Bolivia, está la tumba del Ché.