Alma tica

por | 01 septiembre, 2000 | Notas de Viaje

Estación de San José, junio 1985: ochenta colones hacen un dólar. Pero hay gente dispuesta a cambiar dólares pagando hasta cien y ciento diez colones. Es uno de los misterios de Costa Rica: cualquiera puede comprar dólares en los bancos más barato de lo que paga por ellos en el mercado negro. La policía persigue con dureza a los cambistas, y los trata sin miramientos, sobre todo en Puerto Limón, dónde se concentra la escasa oferta turística del país de la orquídea. Los ticos no quieren ser una suerte de Panamá sin Guardia Nacional y se muestran orgullosos de tener una moneda propia. El US dolar, al contrario de lo que ocurre en toda la América central, desde Méjico a Colombia, no es aceptado en comercios y bazares, y menos aún en las ‘sodas’ y chiringuitos: «sólo Colones», reza un cartel al lado de la ventanilla dónde he intentado comprar mi billete para Puerto Limón. Pero yo no tengo colones suficientes. Cambio cien dólares en un banco y cuando vuelvo la ventanilla está cerrada, y el tren sale en diez minutos. Alma tica.

Un tal Perico me comenta que no hay problema por eso. Puedo subir al tren en los andenes y esperar que pase el revisor. Si le caigo simpático es posible que ni me cobre la multa. Y es muy posible que le caiga simpático, dice Perico: «a los ticos nos gustan los españoles. Vinieron acá pensando que había mucho oro, y se fueron sin encontrarlo y sin hacer destrozo…»

No sé de donde saca Perico sus ideas sobre la conquista, pero prefiero callar y resultarle simpático. Me acompaña al andén y me ayuda a colarme en uno de los vagones. Sin mediar motivo, se acerca a un guardia de vías y le cuenta que soy un español que va sin billete. «…aaah, pos entonces no puede viajar», asegura muy formal, «eso no está bien», dice meneando un dedo. Intento explicarle que mi intención no es colarme del todo, sino sólo un poquito, y que quiero pagar dentro, pero no parece muy convencido: «Tiene usted que comprar tique, no vaiga a ser que no haya tiquero», insiste. Dudo si bajarme, pero Perico, al que he conocido hace sólo diez minutos, le explica algo muy rápido y muy enfadado, no se qué historia de que me esperan al final del trayecto y de un larguísimo viaje que acaba en Puerto Limón. El guardia me mira de arriba abajo. No debe creerse mucho que se pueda esperar a un tipo como yo en ningún sitio, pero le puede el alma tica. Esboza una sonrisa y me hace una seña con la cabeza: «vamos, entre, entre», dice. Y hace de mirar para otro lado. Entro del todo y me acomodo en uno de los bancos. Desde la ventana, pregunto a Perico qué le contó al guardia, y Perico me explica que le habló de una novia tica a la que ando buscando por toda la república. «¿Se creyó eso?,» pregunto. Y él: «Bueno, no sé si creyó o no, pero es igual. Aquí somos muuuy romaaánticos, muuuy duuulces…», dice. Y añade: «Si no lo creyó, al menos le gustó…»