Los infiernos del General

por | 01 septiembre, 2000 | Notas de Viaje

Panama City, junio 1985: un gigantesco retrato de difunto general preside la terminal del aeropuerto Tucumén, que en los libros de texto de las escuelas panameñas se considera «uno de los más bonitos del mundo». Quizá lo fuera en tiempos, pero ahora, rebautizado Omar Torrijos en honor del gran caído, Tucumen es como una gigantesca y destartalada sala de espera, vigilada en todas sus esquinas por la Guardia Nacional, y en la que se cruzan una y otra vez pasajeros de todos los ámbitos de las Américas.

El retrato de Torrijos es un saludo a los que llegan, pero un mal presagio para los que parten: el general perdió la vida en un ‘accidente’ cuando volaba con su avioneta en medio de una tormenta de arena. García Márquez insinuó entonces, en uno de sus artículos colombianos, que había sido cosa de la CIA. Graham Greene resultó todavía más categórico: «fueron los gringos», dijo, y desde entonces le han cerrado las fronteras USA y no ha podido ofrecer sus conferencias en Yale o Harvard. La mayoría de los panameños no hizo demasiado caso a los comentarios sobre el accidente de Torrijos «era muy riesgoso, el general», dicen, pero los indios y los campesinos del Nasser centroamericano creyeron entonces y aún siguen creyendo que la tormenta la trajeron los gringos, para llevarse a Torrijos a los infiernos.

En los trenes de recogida de equipaje me despido de Silvia y John. Silvia es nicaragüense, y después de la revolución llegó a ser miembro de la dirección sandinista y trabajó en las campañas de alfabetización. Luego rompió con ellos. Parece que cuando se caso con su yanke del medioeste, los ‘compas’ dejaron de fiarse y le creaban problemas. Ahora ha decidido viajar con su marido a los Estates y acabar su tesis doctoral sobre las multinacionales fruteras. Ellos se van a Durham, y yo al Canal: apenas un día de escala en Panama City, el tiempo justo para descubrir el olor a bacalao y queroseno que tanto espantó a Leguineche hace sólo un año, cuando vino a buscar lo que se cuece ‘Sobre el volcan’.

Apenas el tiempo suficiente para recorrer los infiernos que habitó el general antes de descender él mismo a los infiernos: un paseo de cuatro horas por la ciudad multiracial de las chabolas y los grandes edificios financieros, entre los gallos como reyes y los niños mendigos; entre el gentío a raudales por las calles destartaladas y los carteles de Ardito Barletta -‘Fraudito’ Barleta-, el candidato de la GN que ganó las elecciones por mil setecientos votos de diferencia; entre la ciudad gringa -el ‘Canal Zone’-, sus céspedes e iglesias, sus colleges, su aire acondicionado, sus barras y estrellas y sus limousines, y la ciudad pobre del otro lado de la verja: putas, camellos, uniformes verde oliva, calor, pecado y miseria. La esencia de un país artificial que el general quiso cambiar entrando en el Canal. Se lo dijo entre vapores de güisqui a su invitado de lujo, el católico y atormentado Greene: «yo no quiero entrar en la historia. Lo que quiero es entrar en el canal». Y lo único que logró fue cambiar de infierno.