‘El sirenito’: una aproximación lúdica al espíritu mitad carnal mitad pescado del carnaval del chicharro

por | 23 enero, 2000 | Gran Pantalla

Entre las muchas etimologías de la palabra Carnaval discutidas por eruditos y estudiosos, la que goza de mayor reputación y solera, al decir de don Julio Caro Baroja, es la de ‘carrus navalis’, (‘car navale’, en dialecto romano), que es muy anterior a la compuesta de ‘carne’ y ‘vale’ con las que los medievales italianos indicaban la amplia y gratificante licencia sensual que les era permitida en los días carnavalescos.

Al parecer, las fiestas del Carnaval derivan más o menos directamente de las celebraciones saturnales del imperio, aunque anteriormente existían vestigios de esta fiesta en todos los pueblos, -teutones, hebreos, celtas- y desde los más remotos tiempos. En ellas se celebraba el año nuevo, o bien la entrada de la primavera, con multitudinarias procesiones por las calles de villas y aldeas, en las que se paseaba un barco con ruedas, -el ‘carrus navalis’- sobre el que se ejecutaban todo tipos de danzas sugerentemente promiscuas, en las que plebe y villanía participaba con espontánea entrega y alborozada dedicación.
Esas danzas eran acompañadas además por canciones satíricas e irreverentes, poniendo a caer de un guindo a los señores, canciones que deben ser el origen de aquella entretenida costumbre regional de utilizar las invernales fiestas para poner en música solfa a los que mandan, costumbre que en los últimos tiempos ha sido sustituida por la mucho más vulgar y socorrida de poner a parir a los de enfrente.

Al principio, o sea, antiguamente, las procesiones carnavaleras eran ofrendadas a una de las divinidades más simpáticas del lugar, y tenían, por tanto, una excusa religiosa. Los romanos, que eran muy suyos, dedicaron las fiestas a Isis, la diosa egipcia hermana y esposa de Osiris, y bajo tan incestuoso patrocinio, fueron invitando a otros dioses ligeros de cascos al jolgorio: acabaron convirtiendo en partícipes de la fiesta a Baco y las saturnales fueron seguidas de ‘bacanales’ y hasta de ‘lupercales’, plagadas de desórdenes civiles y desenfreno generalizado. Como bien dice el galo Obelix, «estaban locos esos romanos».
En las tierras donde el imperio dominó largo tiempo -en Hispania, sin ir más lejos-, esa funesta influencia festiva -y muy especialmente la báquica- se mantuvo por los siglos de los siglos y ha llegado a inspirar las formas y actitudes de sus gentes hasta extremos harto singulares.

En Canarias, lo único que nos dejó la antigüedad fueron esa piedra tan Zanata que se encontró Zerolo en una obra, cuando aún no era alcalde pero ya apuntaba su pasión por desadoquinar, y también un par de referencias de Herodoto en los ‘Nueve libros de la Historia’. Por algún extraño motivo, y a pesar de tener poco que ver con Roma, heredamos del imperio su tradición carnavalera: los tinerfeños hemos creído siempre que lo hacemos mejor (con toda razón por supuesto) que los de enfrente, que si nos ganan en algo, será sólo porque compran al árbitro, y así podríamos seguir creyéndolo, hasta que a algún puritano estilo José Emilio García Gómez se le ocurriera prohibir a las mulatas de Río enseñar la suya propia pechuga. Aquellas lluvias de la etapa en que García Gómez era alcalde por ATI (ahora no lo es por el PP) nos han traído estos lodos. Resulta que algunos se han alterado (incluso hay quien ha pensado en presentar una demanda) porque una página Web realizada por un carnavalero de pro -Roberto Serrano-, puede encontrarse en Internet, si se utiliza el término ‘sexo’ (además de otro montón de ellos) como palabra de búsqueda. Horror, pavor, todos condenados al fuego eterno del infierno. ¿Qué será de la casta y pura ciudad de Santa Cruz de Tenerife si aparece en la W.W.W. mancillada? ¡Qué oprobio! ¿Qué vergüenza!

O más bien no: en ATI han sabido siempre que el Carnaval funciona, y además también han sabido por qué funciona. Hermoso tuvo la habilidad de convertirse en el alcalde del Carnaval, y eso le vinculó al chicharrerismo y le permitió construir un proyecto político que le mantuvo ininterrumpidamente en el poder durante veinte años. Por eso, no tiene mucha lógica que el Ayuntamiento de ATI (perdón, de Santa Cruz), se rasgue las vestiduras.

En fin, que todo esto da risa: la polémica sobre si el carnaval es o no fiesta sexual, convertida en todo un acontecimiento del ciberespacio por la gracia de un todavía ignoto concejal ‘cibermirón’, resulta de lo más abstrusa, por evidente: es como preguntarle a la Disney si ‘La sirenita’ huele a pescado. Por supuesto que el carnaval es una fiesta sexual, y también por supuesto que ‘La sirenita’ apesta a túnido. La cosa es que funciona. Funciona el carnaval gracias también, -cuando no sobre todo- a sus turgencias caribeñas, a sus juergas mitad de la carne, mitad del pescado, como funcionó la adaptación a dibujos animados del popular cuento de Andersen. Entre otras cosas sirvió para resucitar a los estudios Disney después de años de indecoroso y poco rentable alejamiento de los gustos del público. Porque el público suele saber perfectamente lo que quiere.

Texto para el dibujo: Un juego para erotómanos avezados podría ser buscar en los carteles del carnaval que regala este periódico ocultos y claros símbolos de alegría y fiesta sexual. Para el cartel del 2001, que no se incluye en la colección que regala LA OPINION DE TENERIFE, presentamos la propuesta de Ducha+Burgazzoli: el propio alcalde.com, rey edilicio de la Web, en plan chicharro-sirenito.