Una historia para no dormir: la del buen profesor García y el malvado mister Ramos

por | 16 enero, 2000 | Gran Pantalla

La historia del Doctor Jeckil y Mister Hyde ha soportado un buen montón de versiones cinematográficas. Desde la clásica protagonizada por un ejemplar Spencer Tracy, hasta la última versión del irlandés Stephen Frears, con John Malkovich en el papel de malo (de buena hacía morritos Roberts), las películas inspiradas en la narración de don Roberto Luis Stevenson han sido legión.

En versión local, el mito del hombre con dos personalidades contrapuestas también ha dado de sí lo suyo: a medio camino entre las ínfulas narrativas y el independentismo más bien tirando a ramplón y chabacano, anda por aquí cerca un personaje que parece inspirarse en las vicisitudes esquizofrénicas del más famoso de los desdoblados literarios. Y es que padece el profesor García (mister Ramos en su segunda y más compleja personalidad) los síntomas clásicos de quien se cree ungido por el conocimiento total y la capacidad crítica, pero al tiempo sucumbe a las sinrazones de la sangre y de los genes más puros. Fuerte empanada.

No es la tendencia de nuestro personaje a creerse superior y por tanto candidato a cualquier magistratura, Presidencia del Gobierno incluida (vaya fiasco, todo hay que decirlo), el peor defecto del profesor García: lo más decepcionante de este grafómano entregado al gacetilleo es la ligereza con la que pasa de la mordaz crítica ajena a la autocomplacencia y viceversa. Esa facilidad para amarse por encima de todo a sí mismo es la que le ha permitido deambular cínicamente desde el nacionalismo marxista hasta la derecha ática sin mover siquiera una ceja, y la que le ha servido para recorrer el camino de vuelta hacia el punto de partida dejando el marxismo arrumbado por el camino, pero manteniendo intacto el tarro de las esencias.

García guión Ramos es –mal que le pese– un personaje del siglo pasado, pero no de cualquier momento del siglo, sino de cuando el siglo alumbraba sus mayores y más procelosos cambios. Finisecular pues, el propio guión de García guión Ramos es el complemento añadido imprescindible y necesario para ser al tiempo aristócrata en los meandros del pensamiento y en los de la vida. Una vida que al profesor García le llevó desde la preocupación por lo intelectual a la política misma, sin más paradas que las de una supuesta progresía universitaria, ahora pasada de moda, pero que en tiempos no muy lejanos daba un pisto y relumbre que no veas. Subido sobre unos cuantos libros, bastante bien pensados y regularmente mal escritos, el profesor García decidió una mañana de especial aburrimiento ser hombre de acción, y no hay acción más grata a un intelectual que la que tiene que ver con el poder. Se hizo pues político, y en la política fue primero de izquierdas y luego de derechas, aunque eso no es de mucha importancia, porque mantuvo la coherencia de ser nacionalista siempre y desde el principio. Quizá por ser el suyo un nacionalismo también muy fin de siglo, optó nuestro autor por ser en la pose más británico que inglés, a pesar de su simpática novela: hizo profesión de fe de lagunero, que es –por aquí– lo más británico que puede uno llegar a ser, y (ajeno a la Conmonwealt por andar sometida La Laguna al yugo del reino de España), optó el del guión por lo maoista, luego por polemizar con Mauricio (eso le convirtió en uno de los grandes de la política canaria, según sagaz observación recogida en la prensa en los últimos días), y por fin hízose amigo de los que mandan. De Fernando Fernández primero (Fufú le nombró consejero, y no llegó nunca a cesarle, porque lo echaron a él mismo antes), y de Manuel Hermoso después, tras probar con el alcalde los mecanismos de la seducción cultural. Se convirtió entonces el profesor en redactor de discursos presidenciales. De dos, concretamente. Y en asesor con nómina. Pero Hermoso tuvo que emplear a otro al que le hacía más falta el estipendio y acabó guión Ramos de diputado con promesa de portavocía hasta el justo mismo instante en que dio con los huesos en la calle, a las puertas mismas de Teobaldo Power.

Sintiéndose maltratado, hizo lo que muchos otros antes que él. Se abandonó a malas costumbres, y a muy malas compañías, conspiró de día y de noche y también a la hora del té. Interpretó con descaro el controvertido papel de héroe del enemigo…, se hizo otra vez radical. Releyó a Secundino (los tipos como él nunca leen: sólo vuelven a hacerlo) y se compró un manual de malos modales, al que ha logrado sacar un magnífico partido. Creo que antes de la cura de humildad que le supuso perder el acta de diputado, insultó a todo el mundo. El profesor García sacó a relucir su verdadera faz de mister Ramos. Y en ella sigue instalado.
Sólo Paulino Rivero puede volver a rescatarlo de la sima profunda de la maldad y lograr que mate definitivamente al bicho que lleva dentro y vuelva a ser el pedante profesor de siempre. Sólo Paulino, con ese antídoto para radicales de pelo en pecho que es el poder y sus bien remuneradas canongías, puede volver a hacer el milagro de devolvernos al profesor García y sus ejercicios de elaborado y británico desdén. Pero mucho me temo que Paulino prefiere de todas todas a Juan Pedro Dávila (hijo). Que además de no haber leído nunca a Spinoza ni a Keynes –como Paulino–, pues resulta que también es mago y muy de pueblo.

Pie de dibujo: El perverso Mister Ramos se rebela contra el bondadoso profesor García: sólo el pacto entre Coalición Canaria y el PNC puede volver a poner las cosas en su sitio e integrar el lado bueno y el malo de García guión Ramos en una muy compleja pero (al menos) única personalidad.