1. Farenheit 451 *

por | 27 noviembre, 2008 | Papel quemado

Siempre he creído que un periodista nunca debe ser noticia. Ayer más aún, me habría gustado cumplir a rajatabla con esa regla del oficio. Pero ya se sabe que a veces las cosas no salen como a uno le conviene: alrededor de la tres de la tarde, y sin que se sepa por qué, mi casa prendió en llamas y estuvo ardiendo por los cuatro costados hasta más o menos las seis y media.

A toro pasado, reconozco que había suficiente combustible: en los últimos 35 años me he dedicado a acumular libros y enemigos. Los enemigos son cosa del alma, y ya se sabe que lo que es del alma ocupa más bien poco espacio. Los libros no: una casa enorme con más de un kilómetro de estanterías, secreto orgullo y privilegio, se convirtió ayer en humo y cenizas ante mis ojos atónitos y descreídos. Confieso que lo peor fueron los primeros quince minutos, cuando comprendí que iba a perderse absolutamente todo. Apenas a la media hora de empezar la fogalera –y es posible que al leer esto algunos crean que me ha dado el pronto majara- empecé a sentirme extrañamente lúcido y confortado ante la certidumbre imparable del fuego y la relatividad constante de la vida.

Somos poca cosa más que carne de ilusión y componenda de sueños: los míos tuvieron que ver alguna vez con la posesión vicaria de toda la sabiduría y todas las historias, vaya empeño idiota. Ahora, con un año más que cincuenta a cuestas, mis afanes caminan por otros derroteros. Porque amo apasionadamente los libros y lo que me han dado, siento el dolor de los ojos que no han de leer ya esos billones de palabras calcinadas. Pero, qué diablos, vaya hermoso fuego me hicieron en su increíble despedida.

Juro intentar no echarlos de menos. El mundo cambia: Gütemberg está hoy por aquí cerca, entre los pliegues de este universo de bibliotecas virtuales a la orden de uno o dos clicks!. Entierro la ceniza de mis libros, esparzo su legado y reniego públicamente de la honrosa avaricia que me hizo  acumularlos.

¿La casa que ardió? Un lugar lleno de buenos y malos ratos, como todos los hogares. Habrá más, seguro, porque todos estamos bien, un poco ahumados, pero estupendamente bien, contentos de haber escapado y poder contarla. El resto es folclore: por ejemplo,  las cámaras de la tele mandadas a puñados por Willy para filmar con profesional desparpajo la gracia del día. (Por cierto, que no nos viene nada mal probar de vez en cuando nuestra propia medicina…)

Un colega me puso el objetivo enfrente y con las llamas al fondo me preguntó muy circunspecto sobre el origen del incendio. “Fue Paulino”, le dije. “Le vi tirar un cóctel molotov por la ventana”. Yo lo solté riéndome, lo juro. Y aclaro aquí para ustedes que era broma. No vaya a ser que Willy se lo tome en serio y lo difunda. Mayores disparates se ven por la tele…

[Nota: lamento no haber llegado a tiempo con este artículo al periódico de papel, pero es que estuve ayer un poco ocupado.]


[*] Este artículo se publicó en  El anillo de Moebius [El blog de Pomares y Cía],  accesible desde las versión digitales de La Provincia-Diario de Las Palmas  y La Opinión de Tenerife, la madrugada del 26 de noviembre de 2007. Lo leyeron el primer día más de 50.000 personas, y se convirtió en poco más de una semana en la información más veces leída en  la edición digital de ambos periódicos, con cerca de 300.000 lectores. Decidí abrir Papel Quemado como una sección del blog, que se publicó todos los días, hasta que el día 30 de diciembre de 2007, Teresa Cárdenes, directora de La Provincia- Diario de Las Palmas, decidió cancelar el blog y ordenó borrar todo su contenido. Nunca explicó por qué lo hizo. Dejé de trabajar para Prensa Ibérica unos meses después.