02. Un Delibes leído

por | 28 noviembre, 2008 | Papel quemado

El fuego se despertó otra vez de noche, pero yo no lo ví. Andaba durmiendo algo lejos. Un vecino llamó a las siete y poco a mi mujer y le dijo que los bomberos habían ido tres veces esa noche y que aún estaban danzando por allí. Volví corriendo a lo que fue mi casa, y los encontré apagando a manguerazos los últimos rescoldos. Dicen que el fuego es una catástrofe menor que llega un poco antes de la catástrofe real, que son los bomberos.

Puede ser. Pero los bomberos que asaltaron el solar hasta cuatro veces para rendir un fuego leído y por tanto cabezón, no eran precisamente vándalos de chiste, sino gente de carne y hueso, no de carne y carne regia, como los apagafuegos saavedrinos del calendario 2009. Los míos sudaron lo suyo en sus cuatro intentos, con exquisita educación y una perseverancia profesional y extrañamente sigilosa. Funcionan por turnos de guardia, como las farmacias y las señoritas de compañía, y puede que entre el miércoles y ayer conociera al cuerpo completo, o si no, pues su anatomía casi entera. Impresionan enfundados en sus trajes de dios Vulcano y fosforito, y más aún verlos meterse tan puestos y seguros en el mismo agujero negro del que yo salí echando humo y por piernas, dejando atrás cobardemente todo mis lecturas del pasado…

Estos tipos tan enormes y curtidos, entran, salen, entran, salen, uno se limpia las botas en la estera de la puerta, entran, salen, y trasiegan con ansia de vicio mayor y una tras otra, docenas de botellas de agua Vilaflor de medio litro. Cuando se fueron dejaron, cuidadosamente ordenadas bajo la sombra de la cica revoluta asada en el parterre del jardín, una modesta galería de botellines de plástico, mientras el aire humoso de Las Mimosas se llenaba de miles de mariposas de papel achicharrado. Una vino a aterrizar justo a los pies de un joven bombero rubio. Eran los restos de la portada de ‘El príncipe destronado’ de Delibes, en la edición de bolsillo de Destino.

El bombero se agacha a recogerla y mira circunspecto y concentrado el dibujo infantil en colores azules: “Lo leí en el Instituto”, me dice, con complicidad caritativa. Le sonrió. “Es un buen libro”, insiste. Me obliga a responderle con cierta vergüenza que yo no lo he leído. Igual que otros miles y miles que han ardido: mi hijo Manuel me preguntó no hace mucho para qué tengo tantos libros. “Para qué”. No supe contestarle, siempre estuve preparado para responder  por qué. Pero eso, vaya, no me lo ha preguntado.