03. Los que a uno le tocan

por | 28 noviembre, 2008 | Papel quemado

Me produce cierto pudor decir que la última vez que los conté había amontonado más de 27.000: una biblioteca tan excesiva como ecléctica, a la que fueron a parar una parte muy importante de los libros afanados durante años de la de mi padre; más los de la gran biblioteca de Ernesto Salcedo, abuelo de mis hijas; los que se salvaron del cierre de mi primera empresa, una librería de viejo que monté con veinte años y que llevé a la ruina porque me negaba a vender la mayoría de los libros que compraba a los estudiantes; y –por supuesto- los miles de libros que fueron a dar conmigo desde tantos lados y por tantos motivos en todo este tiempo. En 2006, un buen amigo al que no voy a citar sin su permiso, me vendió por muy poco una extraordinaria biblioteca de más de 5.000 ejemplares, que acabó por descuajaringar completamente la mía. Quería deshacerse de ella para sentirse menos pesado al iniciar una etapa nueva de su vida, y cuando me lo dijo me pareció que hablaba en chino. Sin embargo fue tan claro…

Luego tuve una revelación: cada amante de los libros tiene predeterminado por decisión divina un número limitado de títulos de los que puede hacerse responsable. Mi amigo había superado ya ese número, y yo también lo superé en el mismo instante en que me apropié su fondo.

La certeza de mi desvarió llegó sólo unos meses después, cuando una inundación en el almacén dónde había depositado aquellos miles de volúmenes me hizo pensar que los iba a perder todos. Durante meses, extraje de ellos cualquier signo de humedad con paciencia de beduino, y luego los calcé uno a uno en las prietas estanterías de casa. El agua sólo mató a seis libros, y cuatro de ellos no me interesaban una higa. Creo que incluso los dejé perderse.

Además, regalé centenares de ediciones repetidas, con la probable intención de perdonarme a mi mismo el pecado de grave avaricia fatalmente cometido. No lo logré. Pensaba en eso durante el incendio del miércoles y luego por la mañana, cuando la llama se reactivó por tercera o cuarta vez en el corazón blanco del último cuadernillo recosido.

A primera hora de la tarde toqué los tizones renegridos y calientes que antes fueron Lem y Pessoa, London y Cervantes, Plutarco y Wolfe, igual de firmes y apretados que siempre, como renegridas momias abisinias en los estantes petrificados por el fuego.