04. Un quemo terrible

por | 29 noviembre, 2008 | Papel quemado

Cuando yo era un crío se empezaba antes: recuerdo que vivía como un niño salvaje en Villa Cisneros,  hasta que mi padre –un día que volvió de Las Palmas- me trajo una edición ilustrada de Miguel Strogoff. Nada más abrirlo, me impresionaron sus ojos reflejados en la espada al rojo de su verdugo. Yo tenía entonces sólo cuatro años, pero mi padre consiguió hacerme leer de cabo a rabo las andanzas del correo del zar antes de soplar las velas de los cinco. Durante mucho tiempo presumió de esa hazaña.

Manuel va a cumplir pronto los seis y está ahora empezando a leer: se sienta con su madre en el sofá azul de la cocina y pasa el dedito por las letras y hace silabas con ellas y junta sonidos y encaja palabras –las primeras que saltan del papel a su boca- y son cada una un asombro: mamá, casa, oso, dado, mano… Manuel adora todas las palabras que lee y también las que no lee, las que Piyi pesca en los libros de su habitación antes de dormirlo. Son esas palabras de colores las mejores del mundo. Le llevan dulcemente de los sueños de otros a su propio sueño.

Pero Manuel es un insaciable coleccionista de palabras, no se cansa nunca de aprenderlas: a veces se sienta a mi lado y agarra un libro o una revista y me pide que le lea y pregunta el significado de lo que no entiende. Disfruta guardando en su cabeza las palabras nuevas con la misma fiereza con la que defiende las cien que ya sabe leer o sus maltratadas cartas de Gormiti. Algunas veces, en medio de cualquier lectura o conversación, él y yo nos dejamos llevar por la lujuria de nuestra propia cháchara e inventamos palabras imaginarias y jugamos a hablar un lenguaje hecho de frases ininteligibles pero pasmosamente coherentes, frases larguísimas que sólo él y yo entendemos.

Otras veces, Manolo quiere hablar como un erudito, y le faltan palabras y entonces se las inventa siguiendo las reglas del lenguaje real, no de ese idioma postizo de los bucaneros galácticos que controlan el universo a este lado del sol enano de Alderaán.

El miércoles no quisimos que viera el fuego: el abuelo fue a buscarlo a la puerta del colegió y se lo llevó a su casa. Hablamos con Manuel por la noche. Se acercó oliendo la chamusquina en nuestra piel y preguntó por su ropa, sus libros y sus juguetes. En ese orden. Ni se inmutó cuando le dijimos que todo había ardido. Pero preguntó si podía verlo. El jueves por la tarde, con los últimos rescoldos apagados, entró abrazado a mi cuello en su cuarto abrasado, con los ojos reflejando la negrura como dos enormes sartenes negras. Rebuscó con ellos entre la ceniza de sus cosas, miró los legos de Skywalker fundidos como cera derretida, la gran nave de Anakin licuada sobre un estante, el libro articulado de Star Wars chamuscado hasta las mismas entrañas y miró atónito y pesaroso su anaquel de lecturas vicarias para empezar a dormir: “Vaya quemo tan grande”, nos dijo, la cabeza levemente entre los hombros, el pecho arrugado, un poco acoquinado por la oscuridad absurda e irreal de su cuarto. “Un quemo terrible”, insistió. Y esa fue la última y más perfecta de todas sus últimas palabras inventadas.