05. Por la ventana

por | 30 noviembre, 2008 | Papel quemado

Es una ventana enorme, una isla abierta al jardín y rodeada hasta el ‘día del quemo’ por un mar proceloso de libros que hacen olas por todas partes. Es la ventana que iluminaba las lecturas de Carlota y Camila, la ventana que refrescaba el aire denso y pesado de los lunes a los viernes y lo abría a la vida los fines de semana. Cuando ellas entraban en la habitación, corrían las cortinas de esa ventana y los viejos libros de su abuelo Ernesto se llenaban de la luz verde reflejada en la mimosas, la yedra trepadora, las jacarandas, palmeras y panamás de detrás del cristal.

Volvieron por fin a la habitación el día después del desastre, por la tarde muy temprano, con la tripa de los libros aún cálida y humeante, como un plato de puré espeso de frijoles negros. Carlota iba cabalgando recuerdos a punto de sollozo, y Camila observaba el tapiz de papel churrasco con sus ojos de experta. Buscaba en alguna esquina de las cuatro paredes requemadas el vestigio de libros leídos, la colección de sus Leo Leo en las baldas de abajo, los álbumes de Mortadelo, los Simpson o las Witch, los siete tomos de Harry Potter o los libros casi adultos de esa interminable crónica del ‘no muerto’ adolescente –‘el frío’- que muy pronto será colas y colas de teens a punto de caramelo, dando codos para entrar en la sala más grande del multicine del barrio.

Pero de todo eso no quedaba ni rastro. De las de la casa, la suya fue la habitación que más ardió, y también la que lo hizo durante más tiempo. Cayeron al suelo los falsos techos de escayola, y se evaporaron hasta convertirse en polvo de caolí. Los bomberos tardaron horas y más horas en vencer al dragón que escupía desde las librerías, y apagar su aliento en una enorme sopa de letras que todavía hoy se filtra sobre los libros que lograron sobrevivir en mi despacho del piso de abajo. El agua arrastra por las grietas abiertas en el suelo sílabas de color oro y de color plata de los libros juveniles, y palabras de ensueño, e historias de magia, aventura y seducción. Cayeron todas -sílabas, palabras e historias- sobre las teclas de mi viejo ordenador en enormes gotas dónde se ahogaban leones y piratas, Heidi, Tarzán, las momias egipcias, los Caballeros de la Tabla Redonda, Tom Sawyer, y ese chico de ojos rubios y helados –el joven vampiro Edward Cullen-, la otra ventana por la que ellas miran para ver el mundo azaroso e inabarcable que ya les comienza…