06. De madera

por | 30 noviembre, 2008 | Papel quemado

Recibo un hermoso correo de Calero, con el regalo de una entera biblioteca para sustituir la mía. La virtual librería que me manda Calero es de madera. Y los libros que contiene, también. Uno podría pensar que es la biblioteca de un carpintero, pero los carpinteros de hoy no tienen el alma de Gepeto, y su sueño no es dar vida a una marioneta, sino hacer horas extras montando cocinas de diseño. La biblioteca de madera de Calero es una obra de Manolo Valdés, que está expuesta en el Reina Sofía. Contemplándola, me pregunto si los libros de madera resistirán mejor el fuego que los de papel. 

Tengo mis dudas: seguro que un ensayo de Ernest Jünger en recia madera resulta absolutamente incombustible, incluso aplicándole soplete. Sin embargo, un libro de papel de Tagore debe arder con la elegancia ritual de una pira funeraria en la que incineraran a Zenobia Camprubí entre palitos de sándalo. ¿Y un libro de madera de Oscar Wilde, cómo arderá? ¿Crepitará alegre y vistosamente como un pino joven consumido por las llamas? ¿O toserá pedestres lenguas de fuego como la cocina de la cárcel de Reading?

Me tropiezo entre la ceniza con centenares de libros quemados pero aun resistiéndose a morir, y me pregunto que clase de fuerza interior, que mística del talento o la supervivencia, ha logrado que prevalezcan algunas pocas páginas consumidas en los bordes de este ‘Guillermo el travieso’, aquél ‘Cita en Rama’, esta ‘Marquesa de O’ o aquél ‘Sidharta’. Ninguno puede ser leído ya completo y de un tirón, pero se resisten a perecer para siempre capítulos íntegros, páginas portadoras de frases portentosas, pasajes irrepetibles, historias y aventuras agazapadas con la promesa de lo inconcluso…

Sueño que podría reunir todos estos cuadernillos perfumados con el olor rancio y pegajoso que deja el fuego cuando es amansado por el agua, y construir un volumen único y distinto, un libro nuevo y superviviente al mismo tiempo, que contara las andanzas de un filósofo llegado a Venecia desde las lejanas montañas de la luna, que había sido criado por los lobos y raptado por el canto de las sirenas y entretenía su tiempo contemplando impasible una magdalena y buscando el Aleph por la esquinas de un huerto de peces multicolores. Podría ser un libro protagonizado por un héroe, o por un tirano, o por ambos a la vez y también por una monja portuguesa que conoció el amor y no se recuperó de ese encuentro, y su  historia podría durar un instante de pasión o cien años de soledad, o diez días que estremecieron el mundo o un verano en el campo, o una hora final, o el instante preciso de un chute de heroína en la trastienda, o justo el tiempo que dura una partida de cartas en el imaginario de Auster. Y podría su argumento perderse en los meandros del Missisipi, en los canales de Marte o –quizá- en la sala de juicios de un juzgado de Harlem en el que los dueños del universo dejan de serlo y un tal Niccola nos cuenta las Décadas de Tito Livio. Podría ser un libro de tapas duras y coloradas, como la primera edición en Grijalbo del ‘Padrino’ de Puzo, que tuviera dentro los restos de una libreta apenas amarrada con un hilo de cordel, conteniendo una plaquette de Alberti, y al lado, la mitad justa de los ‘Poderes Terrenales’ de Burguees y los restos de tres de los cuatro tomos de la ‘Biblia del Oso’.

Imagino ese libro, o cualquier otro hecho de casuales retales de todos los libros abrasados y entonces me doy cuenta de que el papel y las letras que lo corrigen no prende como prende la madera, aunque papel y madera sean hijos de un mismo padre. La biblioteca de Manolo Valdés es tan irrepetible y única como cualquier otra, pero si sus libros llegaran a incendiarse, arder sin remedio y evaporarse en humo, con sus astillas calcinadas no podría armarse nada parecido a la memoria de un hombre…