07. Los amigos

por | 01 diciembre, 2008 | Papel quemado

Los amigos están para los momentos malos, dicen. Pero yo creo que no debe ser así siempre. Alberoni tiene un libro espléndido sobre la amistad, en el que explica los lazos etéreos pero poderosos que la sostienen durante décadas. Pero la amistad como  recurso para cuando las cosas se ponen chungas no suele durar mucho, por eso procuro no joder demasiado con mis gaitas a los pocos amigos que me quedan.          No llame a ninguno cuando la casa empezó a arder, y he sido un poco renuente –mas bien bastante malcriado- a la hora de contestar llamadas y correos. Supongo que los amigos me perdonaran ser así de salvaje, porque ellos mejor que nadie saben que portarme con ellos como un cafre es más una forma de protegerlos de mí mismo que una consecuencia de la falta de afecto.

         Algunos amigos son tan tenaces como el vitriolo y se resisten a cualquier estrategia para escapar de ellos y de su obligado apoyo en los tiempos duros: por ejemplo, Jota. Se presentó a la mañana siguiente tan temprano en Las Mimosas que había habitaciones que aún humeaban. Me encontró asomado a una ventana, negro de carbón hasta las cejas, rompiendo los cristales con un palo y disfrutando al hacerlo como cuando era un crío. Se que le asustó verme tan relajado, debió pensar que ando en shock o algo así, y no se quedó del todo tranquilo hasta encontrar por los alrededores el amago de un sollozo, que en realidad era sólo un atisbo: fue una suerte de hipo de Piyi, y después de comprobar que el mundo de los sentimientos sigue funcionando como un reloj suizo en la dirección correcta, Jota paseó su figura pequeña y bien conservada por las habitaciones con la faz compungida y recoleta que exigía la situación. Se quedaba parado y como sobrepasado delante de las estanterías a punto de derrumbarse sobre él, y miraba hacia el fondo renegrido del pasillo con la misma correcta naturalidad de quién otea la llegada del siguiente metro al final del túnel (del metro) en la estación de Picadilly. Supongo que al salir de casa –se fue pronto, porque a alguno de mis amigos no les gusta molestar ni cuando no molestan- salió  corriendo a cambiarse de chaqueta, porque el humo de aquella primera mañana de pasmo no olía como la mezcla Dunhill de virginia, latakia y perique que él prende en su pipa, sino incluso aún más apestoso. Y afectuoso (no había forma de desprenderse de él).

         Con Alfonso fue distinto. Me mandó un sms nada más enterarse del desastre, y como Alfonso es un literato, el mensaje era toda una sentida declaración de amor a mis libros perdidos, contenida en apenas seis líneas de la pantalla del Nokia. Decía Alfonso que se le saltaron las lágrimas al enterarse, y le creí, a pesar de que le conozco desde hace más años de los que me gusta recordar y no he visto ni jamás nunca una lágrima rondarle. A Alfonso tuve que convencerle de que viniera a contemplar el infierno, para exorcizar juntos el resto de la jornada. Se presentó un poco aturdido y le dio como un punto cristiano bastante extraño en él. Decía: “jesús, jesús…”, creo que sintiéndose culpable de que no ardieran sus libros en vez de los míos. Luego se tomó un par de cafés en la máquina de George Clooney de la cocina, la única habitación de la casa por dónde ni el fuego ni los bomberos se dieron un paseo. Estuvimos hablando un par de horas de los tiempos pasados y se nos coló en la conversación algo sobre los libros leídos, lo justo para solemnizar el momento.  Luego hicimos lo que siempre,  poner a parir al resto de los amigos. Que también están para eso, no sólo para dar el pésame. O fumar en pipa.