08. Náyade

por | 02 diciembre, 2008 | Papel quemado

Detrás del folclore, siempre hay alguien que hace la tarea. Seguro que al Cigala le encienden las luces, le ponen el vasito de agua (que antes era ron con cola) y le llevan las cuentas. Casi nadie sabe como se llama quien hace todas esas cosas, pero yo creo que el Cigala no tocaría ni una miaja bien si no tuviera resuelta la intendencia.

La intendencia del incendio la puso Náyade, la novia de Roberto, y además lo hizo –desde sus muy ofensivos 25 años- sin que nadie se tomara siquiera la molestia de pedirle auxilio. Y es que los más viejos andábamos a nuestra precaria bola: Piyi doliente y superada por la(s) obvia(s) pérdida(s), y yo hipnotizado por el fuego y su liturgia cual nibelungo en busca de anillo, preocupado por encajar la barbacoa de todos esos libros en el capítulo adecuado de mis futuras memorias, y que además quede aparente y con el justo punto de drama.

Náyade fue la primera en llegar: apareció al mismo tiempo que los bomberos, y cuando se fue lo hizo para resolver todas las menudencias vitales que a los demás nos las traían al fresco. Roberto la había llamado desde Barcelona para decirle que un amigo del barrio –creo que Néstor, pero no estoy seguro- había telefoneado para contarle que la casa estaba ardiendo… eso es lo que da de sí el mundo global: que Roberto tardara menos en enterarse en Barcelona y avisar a su novia aquí, que el Cuerpo de Bomberos en cruzar Santa Cruz con la litrona pequeña ensirenada y a toda pastilla.

En fin, que en medio del destrozo (y de la interpretación del destrozo, ese “momento consejos” en el que todo el mundo opina de lo que habría que haber hecho para que nada hubiera ocurrido), fue esta joven mujer con nombre de ninfa griega -la del agua dulce- la que tuvo cabeza suficiente para pensar que las camisas de todos estaban ardiendo, y que había que recoger al enano en el cole y  prepararle una tortilla para cenar… 

Náyade está a punto de acabar Medicina y entre que ser médico es asumir un grado superlativo de templanza y una educación de las de antes, resulta ser de ese tipo de mujer capaz de mandarte a que te venden un esguince sin apelación posible o de pasar completamente del espectáculo bomberil y la juerga de los medios y largarse a buscar un par de sueters y un pantalón de tu talla, porque mañana –cuando amanezca- también habrá que vestirse.

Mañana llegó casi inmediatamente, y allí estaba otra vez ella con nosecuantas cajas de cartón para recoger los restos del naufragio, el pan caliente a la hora de desayunar, y esa libreta infalible para apuntar todo todo todo y todo lo que habrá que hacer para recuperar una normalidad imposible. Qué eficiencia más ultraterrena, que sentido de la oportunidad y que carácter para la organización y el mando: ¡Glub! No se si envidio al pibe o lo compadezco. O las dos cosas.

Por cierto, que también trajo Náyade un paquete de mascarillas para enfrentarse a la toxicidad del humo con la pertinente seguridad e higiene adecuada. Te las cuelgas de las orejas y pareces un matasanos operando. Tuvieron un enorme éxito: yo no me la he calzado, mi sentido del ridículo me domina, pero el jardín de casa parecía el día después una escena de ‘House’, todos con sus mascarillas, como recién salidos del quirófano. Y yo con bastón y de muy mala leche.