09. Fundido en plástico

por | 03 diciembre, 2008 | Papel quemado

No soy un gran aficionado a la música. De hecho, de los Beatles para acá –con la excepción de cuatro cantautores- todo se me antoja como  demasiado moderno. Mis hijas dicen que soy un carroza. En realidad lo que soy es un tipo cómodo: mis gustos musicales se forjaron en la juventud, por culpa de mi primera novia, que era pianista. No he logrado ir mucho más allá de la música culta, el jazz, el rock más suave y los tres de siempre, Aute, Serrat y Sabina, creo que en ese orden, aunque a veces tengo mis dudas.

De fuera, me sedujeron las voces enormes de Piaf y Brel, los poemas de Leonard Cohen y la voz rota de Tom Waits, con quien me tropecé por primera vez gracias al cine. Recuerdo haber sido golpeado por el rayo luminoso de la ‘Corazonada’ de Coppola, y aún no me he recuperado de ese sonido ecléctico y desgarrado que volvió a seducirme sin remedio en ‘Smoke’. Poco a poco y con cierta resistencia, mis mujeres me hicieron sucumbir también a los cantantes locales: ese chico que escribe con tanta intensidad, Alejandro Sanz, me lo descubrió Paola, y me costó lo mío admitir que me gustaba. Lo mismo ocurrió con los mexicanos de Maná, con Mecano –varios años después de disolverse-, o con una mujer –Mónica Molina- de voz limpia y certera que aún me hace sentir que el amor es un esfuerzo posible. Me pasé mis segundos veinte años escuchando ruidos bastante solemnes, hasta que con algunas canas ya –gracias a la paciencia de mi amigo y achichincle Quique- descubrí a Lila Downs y me convertí por fin en devoto de las músicas de la noche, la juerga y la vida… en ése tránsito cayeron Manu Chao, Melendi y Antonio Flores. Y muchos más. Todo eso ardió y se fundió con la memoria de los libros, y aún no acabo de creerme que el fuego haya logrado unir tan armónica y perfectamente las dos grandes metáforas del sentido. Mi casa es una casa grande, pero invadida de bienes y pertrechos se estaba quedando pequeña. Por eso, aproveché el pequeño hueco entre los últimos libros y el falso techo para colocar perfectamente encajadas mis montañas de cd’s. Observo ahora los estuches ordenadamente prietos sobre los estantes, fundidos unos sobre otros, derretidos sobre los libros con un oscuro trajín de estalactitas  y estalagmitas de talento y pasado vivido: ese chorro de plástico satinado y oscuro es el homenaje de Serrat a Miguel Hernández, y mi recuerdo de Carlota en el vientre de su madre. Esta caja de cristal salpicada de suciedad por los bomberos esconde la nube de hielo de Benito y detrás el fondo oscuro y profundo de tus ojos sonriendo. Y aquella pila derretida de galletas de música es lo que me queda del sonido de la señora Pradera y los Tabajara que se escuchaba en el patio de mi madre cuando mi padre se encerraba en su despacho. Y aquí, bajo de ese muñeco requemado, compactos ahora por efecto del calor, el ‘Nessum Dorma’ de Turandot y el ‘Toro enamorado de la luna’, en cópula insensata: la música que escuchaban Manuel y las niñas los sábados por la mañana del año más difícil, cuando ninguna de sus madres estaba ya en casa.