10. El mapa del capitán Haddock

por | 04 diciembre, 2008 | Papel quemado

En el último rincón del tercer piso, al final de la escalera que lleva a la finca de arriba, el jardín de cactus y la caseta de Klimt, escondido detrás de la puerta, oculto desde siempre y por pudor a las miradas ajenas, sobrevive mancillado por una capa de hollín el viejo mapa de los viajes del capitán Haddock a lo largo y ancho de este mundo. Me lo tropiezo desafiante y vulgar en la primera inspección concienzuda del desastre: “¡Ah cabrón!”, le espeto, “ha ardido todo menos tú”.

         Este viejo mapamundi de la National, comprado en el 81 a un librero de viejo de la sexta con la 43,  pegado malamente sobre un trozo de corcho y pespunteado a alfilerazos, lleva retándome desde que nos conocemos. Me recuerda quien quise ser. O no: lo dice Serrat, y si lo dice el Nano, debe ser cierto “todos los piratas tienen un lorito que habla en francés, al que relatan el glosario de una historia que no es…” Mi loro cómplice fue hace no tantos años este mapa plagado de alfileres de cabezas de colores, testigo y guardián del nómada que me patea el culo.

Es sencillo: crecí devorando a Tintín y acompañándole en sus viajes por todos los rincones del planeta. Los mejores momentos de mi infancia fueron las escapadas con un álbum no leído a casa de mi abuela. Me refugiaba en el antiguo dormitorio de mi padre, y leía cada viñeta con los ojos muy abiertos y el corazón acelerado. Aún me estremezco de placer y miedo pensando en el fetiche arumbaya y los reductores de cabeza de ‘La oreja rota’, y maldigo en silencio a los japoneses terribles de ‘El loto azul’ y al malvado Gibson de la concesión internacional. Y -lo creas o no-  recuerdo más vívidamente, más reales y cercanas, las montañas terribles de ‘Tintin en el Tibet’, que la vista del Himalaya sobrevolado hace siete años en una avioneta constipada. Como muchos otros de mi generación, le debo al católico Hergé, a su lechuguino Tintín y a su Haddock borrachín y pendenciero, la mitad de quien soy y el cien por cien de quien soñé ser.

Si algún día volviera a poder elegir qué libro salvar del fin del mundo entre todos los libros a los que debo peaje, y fuera una decisión inapelable y vital, nada que ver con la preservación de la cultura o la sabiduría, sino conmigo mismo, elegiría sin duda ‘El cangrejo de las pinzas de oro’, el tomo de lomo entelado de Editorial Juventud que me devolvió -en la vieja cama de mi padre- al Sahara real de mi infancia.

         Por pagar mis deudas a Tintín y Haddock, antes de dedicarme a guardar compulsivamente todos los libros, quise coleccionar todos los cielos. Y en eso andaba cuando nació Carlota. Me costó mucho descubrir que algo estaba cambiando en mi vida, y más aún aceptarlo. Carlota cumplió su primer año en un kibutz bajo los Altos del Golán. Una noche escuchamos algunas ráfagas y disparos no muy lejos. Años atrás había deseado y buscado ese mismo ruido con los BLI por las selvas miskitas, en las revueltas sindicales de Gdansk o patrullando el séptimo cinturón con el polisario… El chute de adrenalina pura, el aire entrando y saliendo de los pulmones sin un sonido, la mente ágil y fría ante el peligro… Pero lo que no puede ser no puede ser y además es imposible.

De ser viajero pasé en pocos años a ser turista social, y luego turista a secas: seguí colocando alfileres de colores, pero el segundo viaje a Katmandú no tuvo nada que ver con el primero. Ni el regreso a la Managua de doña Violeta victoriosa empañó aquella cita a las cinto en su hermosa casa de Managua, asaltada por las turbas de chavalos. Ahora, sólo las ciudades -algunas veces- y el desierto -siempre-, siguen recibiéndome igual que antes. 

Miro mi viejo mapa oscurecido por el humo. Es el vértigo, un imán hacia el pasado. Los años y los sueños de infancia y juventud, que arden y se consumen mucho más lentamente que el papel de los libros…