11. Políticos y no tanto

por | 05 diciembre, 2008 | Papel quemado

Me llaman -muy correctos, compungidos y corteses- los políticos, para darme el pésame y preguntarme si estoy asegurado. Extraña obsesión la del seguro entre los hombres públicos: ellos viven a puro salto de mata, en una revalida permanente, cada día a la espera de ser bendecidos por el cambiante apoyo ajeno y –sin embargo- les preocupa sobremanera que no tenga suscritas siete pólizas cruzadas.

A veces me sorprendo ofreciéndoles prolijas explicaciones sobre el origen impreciso del incendio, la combustión anaeróbica detrás de las tablas que forraban la pared de la habitación de Pao, o incluso cuestiones más íntimas, sobre cómo me encuentro, lo qué pienso hacer y dónde voy a vivir hasta que reconstruya la casa, o incluso disquisiciones sobre el sentido último de la vida, lo esencial y lo superfluo. Hacia los tres minutos de conversación, les noto el cansancio tras haber cumplido, la urgencia por pasar  a otra llamada urgente y procuro facilitarles la tarea con una despedida rápida que siempre agradecen con alivio.

Cuando cuelgan, reflexiono sobre la pérdida de empatía con lo ajeno que es precisa para dedicarse a ese oficio. Pobre gente, se pasan la vida mostrando interés por los demás, cuando en realidad el prójimo les aburre y sus problemas se la sudan. Cuando empecé a dedicarme a esto creía que el político mejor era el visionario convencido de poder cambiar el mundo y guiar mayorías. Hoy creo que el más eficaz es el que se ocupa de resolver problemas pequeños, hacer que las cosas funcionen y estorbar lo menos posible. Pero, bueno, no voy a hablar de eso hoy… sólo dejar constancia de una interminable lista de llamadas de tres minutos o menos.

Además de políticos me llaman –o me escriben-  gentes que no conozco o conozco poco. Son siempre amables, educados, afectuosos y abiertos, muestran a veces una ansiedad por lo perdido que no comparto, o una sincera preocupación por mi futuro inmediato sin techo y sin libros que me enternece. Algunos se ofrecen peregrinamente a darme cobijo –con familia y gato incluido- en sus propias casas, y eso me desconcierta. A veces me pregunto que ocurriría si les digo que sí, que preparo presto la mudanza y me instalo con mis circunstancias en su comedor familiar. Estoy seguro de que hay al menos entre los que me han llamado, dos o tres que se sentirían felices si aceptara cobijarme en ellos una temporada. Incluso en un mundo tan materialista como el nuestro hay gente que vive la solidaridad como una alegre oportunidad de hacer algo por los demás y cambiar sus propias vidas. Es gente valiente, osada, gente que no teme que los cambios le ensucien el lustre de la moqueta. Me produce pasmo y sonrojo descubrir que puedo ser objeto del afecto altruista y sin motivo de gente tan especial.