12. Panimiel

por | 06 diciembre, 2008 | Papel quemado

Cuando decidimos volver, Piyi y yo nos confesamos algunas mentiras pasadas: recuerdo haberle dicho bastante avergonzado que el tiempo que estuvimos separados, las noches que Manolo dormía en casa las pasaba conmigo en nuestra enorme cama. Me alivió mucho saber que ella hacía exactamente lo mismo todas las demás noches. Manuel es nuestro único hijo común: ahora tiene cinco años para seis, y en aquella época extraña tenía tres. Su respiración a mi lado esas noches de fin de semana fue un increíble regalo. Cumplidos ya los cuatro, resultó difícil sacarlo de nuestra cama ahora de nuevo común.

En mi ayuda acudió un viejo muñeco de ganchillo que me hizo mi madre cuando era niño. Una gran cabeza redonda, con cuatro pelos y unos ojos negros en forma de aro, y una boca colorada, sobre un cuerpo regordete, relleno de lana primero, y desde hace unos años de viruta de goma espuma. Cada uno de mis hermanos tenía uno de un color diferente –el mío es amarillo-, y mi madre los bautizó con un nombre musical: eran los panimiel, nunca supe exactamente porqué, aunque en casa siempre circuló la leyenda de que el nombre fue un antojo de dulzura.

Mi panimiel ha sobrevivido cincuenta años con algunos remiendos y un par de parches de tela de toalla, y calmó las noches más inquietas de mis hijas cuando eran más niñas. Luego Manolo lo heredó, y sin ser un crío dado a los peluches, quizá por saber que fue primero mío y luego de Carlota y de Camila siempre le tuvo cariño: hasta la tarde del quemo terrible, todas las noches, antes de dejar a Manolo dormido en su habitación, mientras su madre le lee algún cuento, yo secuestro unos minutos a la criatura de ganchillo, la llevo al cuarto de baño y le pongo un par de gotas de esa pretenciosa colonia de un arquitecto y modisto japonés que a veces uso. Deja en mi muñeco cincuentón un olor seco y cítrico, con algo de sándalo y canela. Manolo dice entonces que el panimiel huele como yo –bendito sea- y acepta dormir sólo, abrazado a él y sin protestar demasiado, aunque a veces –siempre cuando yo estoy de viaje- deja el panimiel en su cuarto y se va a cuidar de mamá a nuestra cama, como haría cualquier hijo varón que se precie.

La mañana del jueves -día D+1- nada más irse los bomberos busqué entre los rescoldos del dormitorio de mi hijo algún rastro del muñeco achicharrado. No voy a contarles una milonga: quemaría con lujo de sadismo a la entera familia panimiel si eso me devolviera sólo los libros de Salcedo. Pero ya no es posible, y en mi corazón también hay sitio para objetos que no tengan lomo y cubierta.

Busqué, pues, y seguí buscando y acabé por encontrar mi única herencia debajo de la cama casi entera, bastante dañado, el pobre. El fuego, aire encendido, pesa menos que el aire sin encender. Por eso elige destruir más las partes más altas, y ese capricho de la física práctica fue lo que salvó de la hoguera a un muñeco aficionado a las melopeas de colonia y por tanto candidato más que idóneo a evaporarse para siempre el día de marras.

En todo caso, no se salvó incólume: su cara de torta fue alcanzada por alguna voluta perdida del fuego, que acarició la fibra del ganchillo superficialmente, sin llegar a quebrarla. Ahora la cara antaño rosada y absolutamente wasp de panimiel es color mestizo oscuro, como la de Obama. Eso a Manolo no es que no le importe, que no le importa, es que le da exactamente igual. Porque el mundo simbólico de los niños cambia aún más rápidamente que el nuestro. Me pregunto que otros milagros –aparte un panimiel negro- nos traerá este tiempo de catarsis.