13. Atún y mandarinas

por | 11 diciembre, 2008 | Papel quemado

Hace ya un par de días que el fuego se apagó, y lo que toca ahora es recoger los trastos que se han salvado, para que luego vengan los albañiles y lo tiren todo. Es un trabajo que no pueden hacer otros, porque sólo tú tienes la vara con la que se mide la importancia de tus cosas, y la tolerancia con que puedes enfrentarte al término ‘destruído’. En el cuarto de Manolo encontré las dos espadas samurai de madera que le traje de un viaje a Japón, bastante carbonizadas. Pero dentro de las fundas de madera, las espadas han aguantado bastante bien. Se trata de uno de esos trastos inútiles que irían inmediatamente a la basura, pero que tu estás dispuesto a esconder de todas las miradas para recuperar después de horas y más horas de agua y jabón, lija y barnizado. Son objetos de ningún valor, apenas el que tiene su poder de convertirme en el hermano gordo de Errol Flyn,  mientras soy perseguido con ellas por toda la casa, en interminables ‘espadeos’ (otra palabra de mi hijo) subiendo y bajando escaleras. No valen nada más que eso, pero me ha alegrado mucho más salvarlas que salvar una arena de Juan Ismael que escapó incólume del fuego…  

En fin, que es asombrosa la cantidad de cachibaches más o menos inútiles que acumula uno a lo largo de una vida, y es más asombroso aún que la Ley de Murphy –la de la tostada con mantequilla- pueda aplicarse también y tan bien en los incendios. Se quema siempre lo que no debería quemarse  -en este caso se han quemado los libros- y se salvan los marcos de plata regalo de tía Carlota, o aquél increíble cenicero con forma de mosca que no está muy claro como acabó por encontrar un sitio en un estante, o incluso la última paralela de Hacienda que –mire usted por dónde, las desgracias no llegan nunca solas- trajo la cartera el mismo día del incendio, y la entregó con esa sonrisa tan de circunstancias que pone la cartera (al menos la mía) cuando entrega cartas de Hacienda.

Pero de Hacienda no quiero escribir hoy si a ustedes no les importa, ya tengo bastantes problemas. Prefiero hacerlo de la primera comida en la ahumada terraza cubierta de al lado de la cocina, los cuatro supervivientes más mi hermana la pequeña, que acude siempre que hay catástrofe a  ver que parte del botín le toca a ella.

O sea, que eran las tres de la tarde y estábamos allí pensando si ir a una pizzería a que nos echaran a patadas por la pinta de indigentes chamuscados, o acercarnos a una arepera, tiznados desde el pelo a los zapatos, más molidos que la pelota tras un partido de rugby universitario… cuando a alguien dijo que había comprado pan, y otro alguien que había varias latas de atún en aceite en la despensa de la escalera del garaje, y en la esquina de la terraza, debajo de un armario de terraza se encontró una cesta enorme llena de mandarinas. Y es que es viernes, y los viernes por la mañana pasa por casa una frutera ambulante a vender fruta de temporada.

Total, que en diez minutos alguien se acercó a un super a por cervezas y cocacolas, otro alguien preparó los bocatas de atún con un bote de Helmmans también de la despensa y allí estábamos, agotados espeleólogos de la ceniza, buscadores de tesoros calcinados, dándole a una botella de vino, celebrando el fuego y contando chistes. Fue como haber ido de excusión, pero en vez de montar el asadero, lo que haces es recoger los restos.