14. Los libros perdidos

por | 12 diciembre, 2008 | Papel quemado

De todo lo perdido, lo único que de verdad considero irreparable es la pérdida de los libros de Ernesto Salcedo. Una entera biblioteca de seis o siete mil volúmenes, construida por Salcedo con ladrillos muy diversos, siendo sus cimientos los pocos libros que se trajo a Canarias en los últimos años cincuenta, cuando vino de la península para dirigir el periódico ‘El Día’. Era entonces el periódico uno más de los muchos de provincias que sobrevivían sin pena ni gloria ofreciendo sucesos, deportes, noticias portuarias y ecos de sociedad. Un pequeño y discreto periódico, heredero de ‘La Prensa’ de Leoncio Rodríguez, al que el fundador y su familia aceptaron cambiar el nombre y convertir –como todos en la postguerra- en órgano de expresión del Movimiento. Salcedo, enviado directamente a la dirección del periódico desde la dirección general de Prensa del franquismo, gobernó ’El Día’ con mano inflexible y formas de periodista culto y honesto durante veinte años, llevando el periódico desde la inanidad a la que lo condenaban los tiempos y la censura, hasta las luces de la democracia. Fue entonces cuando Pepe Rodríguez se hizo con el control accionarial absoluto y decidió quitar a Salcedo de en medio. A lo largo de más de veinte años, el viejo Salcedo había convertido la cabecera en uno de los mejores periódicos locales de España, y fue precisamente él –hijo de un guardia de asalto condenado a muerte por los sublevados contra la República, seminarista por hambre y joven intelectual del régimen en los cincuenta.- quien obró el milagro de convertir ‘El Día’ en el periódico de Tenerife, del que saldrían algunos de los periodistas canarios más influyentes del último tercio del siglo. En ‘El Día’ de Salcedo trabajaron o escribieron regularmente Adrián y Gilberto Alemán, Juan Cruz, Fernando Delgado, Juancho Armas Marcelo, Pancho García, Ricardo Acirón, pero también José Carlos Mauricio y Herminia Fajardo. ‘El Día’ dio la primera entrevista a Carrillo publicada en un periódico español, y empujó como pocos otros de provincias el cambio y apoyó decididamente la Transición. Salcedo pagó por ello: guardaba en varias carpetas azules su fantástica colección de denuncias, presentadas por todos los gobernadores civiles del postfranquismo. Paseó por los juzgados de Santa Cruz un sentido del periodismo que le alejó de los abrevaderos del régimen, le enemistó con muchos de sus antiguos colegas, y le acercó a la cultura local. Su legado fue un periódico ya perdido, y su premio -probablemente el único que aceptó-, esa singular biblioteca suya, hecha a pedazos y sin gastar casi un duro, gracias a los libros regalados durante veinte años por las editoriales y autores al señor director: prácticamente todo el fondo de Canarias desde 1960 hasta los primeros 80, desde luego, pero también las mejores colecciones de Destino, Tusquet, Barral, Alianza, Planeta, Bruguera y Grijalbo, además de centenares de volúmenes dedicados por sus autores: Azorín, Cela, Ferlosio, Caro Baroja, Aldecoa, Pemán, Diaz-Plaja, Delibes…

         Tras la muerte de Salcedo, ‘El Día’ acabó por cambiar de rumbo y el periodismo del viejo maestro que detestaba ser llamado así se fue desvaneciendo de las páginas de un gran diario entregado a causas peripatéticas. 

Quizá por eso, durante años me sentí personalmente responsable del único legado dejado por Salcedo, sus miles de libros subrayados negligentemente y anotados al margen con lápiz y a veces con bolígrafo bic, y soñé crear algún día un fondo de uso público con esos volúmenes. Hasta que el fuego prendió en ellos y acabó con todos –absolutamente todos- quemándolos en poquísimas horas. Desde ese día, algo parecido a un sentimiento de deuda y culpa me quema a mí también por dentro.