15. El señor perito

por | 12 diciembre, 2008 | Papel quemado

La misma noche del incendio un perito de los bomberos ya hizo el primer diagnóstico: el fuego empezó en el cuarto de Pao y probablemente en la antigua instalación eléctrica de lo que fue una sauna, ahora reconvertida en armario. Me contaron por teléfono la opinión del perito, mientras me vendaban un esguince de tobillo en una clínica cercana a casa pero no dí mucho crédito. Apenas unas horas antes, Piyi me había llamado desde el segundo piso, con un tono más bien imperativo. “Sube, sube”, me dijo. Eran las tres y muy poco de la tarde y yo estaba en el despacho, hablando por teléfono con Soraya sobre algo del blog. Colgué y subí cansinamente las escaleras, esperando encontrarme una cucaracha muerta o un perenquén vivo, pero no era eso. Piyi estaba en el pasillo sobre el hueco de las escalera: “Me huele a quemado”, dijo.

La verdad es que yo no lo noté, pero entré a la habitación de las niñas. Mire detrás de la Play y la tele, y las conexiones. Nada. Entré entonces en el cuarto de Pao y ahora sí sentí un olor raro, como a barniz o pintura. Durante un par de segundos mire hacia las paredes y al techo, completamente forradas de madera y no note nada. Volví a mirar, y entonces sí: por uno de los focos halógenos del techo, salía un minúsculo hilito de humo, que se pegaba a la madera del techo y avanzaba muy lentamente hacia una de las ventanas abiertas.

         No sé cuánto tardé en darme cuenta de lo que estaba pasando, pero no creo que fueran más de dos o tres segundos. Le grité a Piyi, que seguía mirando por la otra habitación que había fuego y cerré inmediatamente las ventanas y la puerta. En diez zancadas me acerqué al hueco de la escalera de servicio a coger el extintor y volví con él al cuarto de Pao.

Al abrir la puerta, la habitación se encendió en llamas. Fue algo asombroso: no una explosión, ni una llamarada, más bien como una multitud de lenguas de fuego que lamían el techo y avanzaban en todas direcciones, desparramándose hacia abajo por las paredes. Detrás de mí, tan paralizada como yo, Piyi sujetaba un vaso de agua que había cogido en el cuarto de baño de Manuel. Me pareció hermoso y surrealista verla allí, de pié frente al fuego, con su vaso de plástico lleno de agua en la mano, mientras yo forcejeaba con el seguro de un extintor que no llegue a hacer funcionar.

No debió pasar más de medio minuto antes que el fuego prendiera los estores japoneses del cuarto de las niñas y toda la planta comenzará a llenarse de un humo negro y pegajoso. En ese tiempo habíamos bajado las escaleras a trompicones, Piyi llamó al 112 –la llamada quedo registrada a las 15:14- y pidió que mandaran a los bomberos. Salimos de la casa, y escuchamos desde fuera las explosiones del televisor del cuarto de las niñas, y la estruendosa rotura del gran ventanal de la escalera…

Nunca sabremos qué fue lo que inició el fuego, pero si que se originó dentro de la sauna, y que es probable que no llegáramos a notarlo durante minutos o quizá horas, porque las mamparas de la sauna están forradas de un material ignífugo -lana de roca- que habría evitado que el fuego pasara a la habitación. Las planchas de madera que forran las paredes debieron arder lentamente sin mucho oxígeno y por tanto sin humo, calentando el barniz de fuera sin llegar a prenderlo. Hasta que el vapor de barniz se concentró en la habitación al cerrar las ventanas y puertas y prendió al abrir la puerta de nuevo.

         Dos o tres días después, estábamos todos dando cuenta a uno de nuestros banquetes de atún y mandarinas en la terraza de la cocina, tras haber dedicado la mañana a intentar salvar algo de la ropa para tirar a la basura, cuando llegó el perito del seguro, un hombre sorprendentemente joven. Tanto que le confundí con algún amigo o pariente de Náyade.

         Estuvo un par de horas hurgando concienzudamente entre los restos y la ceniza antes de charlar un rato conmigo. Le conté lo que recordaba, esa serie de imágenes repetidas en mi cabeza desde entonces centenares de veces. Escuchó con aparente interés y sin meter cuchara todas mis sesudas interpretaciones y mis pedantes comentarios sobre la combustión anaeróbica de los materiales que forran la habitación, el mecanismo de contención de la lana de roca, el complejo mecanismo de los extintores…

         Ni siquiera esbozó una sonrisa cómplice cuando presumí de mi rápida reacción al cerrar las ventanas para evitar avivar el fuego. Cuando acabé con mis sandeces de protagonista a mi pesar, sólo me hizo una breve salva de preguntas: “¿Encendió usted la luz al entrar en la habitación? ¿Estaba ya encendida? ¿Había luz suficiente con las ventanas abiertas?”

         No supe qué responder, la verdad es que ni lo recordaba entonces, ni lo recuerdo ahora. Cuando me viene a la cabeza el hilo de humo saliendo de uno de los focos, a veces veo el foco encendido, y otras veces lo recuerdo apagado…

Apenas balbucee un instante inquiriendo sobre el interés o importancia de ese asunto. Y entonces comprendí que el que sabe sabe, por muy joven que parezca, y el que no sabe debe callarse: “Es una pregunta obligada”, me aclaró el señor perito: “si hubiera podido usted encender aún la luz, habría bastantes menos posibilidades de que lo que provocó el incendio hubiera sido un cortocircuito…”.