El hundimiento del P.Panic: un ‘remake’ de lo más soso y pasado (por agua)

por | 05 diciembre, 1999 | Gran Pantalla

En la década de los 70, un Hollywood aburrido y seco de ideas comenzó a poner de moda el cine de catástrofes. El planeta se vió sacudido por una invasión de colosos en llamas, Poseidones revirados y con la eslora al sol, terremotos, aeropuertos colapsados (lo de Barajas se inspiró en esos guiones), lluvias amazónicas, desastres ecológicos y cosas así.

Pero daba pena: aún estaba lejos la era de los efectos especiales digitalizados, y todo quedaba en fuegos artificiales, explosiones y actores de reparto sacados de la tele. Al final acabaron recurriendo a las avispas local y las pirañas asesinas. El género se fue al garete y todos añorábamos el gran cine de catástrofes representado por aquellos dos clásicos como la copa de un pino: ‘El terremoto de San Francisco’ y ‘El hundimiento del Titanic’. Tuvieron que ser dos maestros de la ciencia ficción moderna quienes resucitaran el género, que se había despeñado por la serie B hacia muy muy abajo: Spilberg produjo Deep Impact, una película milenarista y furibunda, muy lírica, muy tal y cual, sobre un asteroide que colisiona con la tierra y nos deja a todos con el stress en remojo. Paso más desapercibida que aquella basura bakalao de Armagedon, con Bruce Willis haciendo de Tintín en la Luna. Luego llegó el muy adrenalínico y megalómano de James Cameron (los dos Terminator, Alien 2, Mentiras Arriesgadas) y se sacó de la manga un ‘remake’ pastoso del Titanic, muy pasado por agua y por otras humedades más o menos románticas y mocosas.

Titanic fue la película más cara de la historia hasta ese momento y también la que más dinero ha recaudado hasta la fecha. Me aburrió bastante más que bastante. Pero reconozco que tuvo su mérito: además de ahogar a medio pasaje -todo un alivio teniendo la cantidad de agua que hubo que gastar para producirla-, sirvió para demostrar que ese excelente actor que estaba destinado a ser el Leonardo di Caprio de la genial ‘¿Quien ama a Gilbert Grape?’ también sabía hacer el indio. Fue todo un descubrimiento: el mayor de los exitos de mercado y público, al servicio de demostrar como puede un actor talentudo destruir a base de éxito una carrera muy respetable.

La experiencia del Titanic -no sólo la soberbia del gran navío que se hunde, sino la ‘metáfora Caprio’ de una buena carrera que se va al garete por tener demasiada prisa por triunfar- se repite en la última opera bufa protagonizada por el presidente regional del PP, el alcalde Soria, a cuenta de la crisis gubernamental de ida y vuelta que nos ha entretenido a todos la última semana. Y es que Soria estaba destinado a ser el gran líder de la derecha canaria, tras haberse librado del ahora añorado Bravo de Laguna. La cosa es que el alcalde -del que hasta ese momento lo mejor que podía decirse es que era un tipo tirando a chulo- apenas tardó un par de mese en demostrar su absoluta vesanía en materia política. Primero, limpió el partido en Tenerife de Ignacios y otras criaturas díscolas, luego puso en remojo a todos los viejos colegas de Bravo, y -en menos tiempo del que Guillermo Guigou tardaría en arbitrar un partido de baloncesto- decidió colocar a Román Rodríguez y su Gobierno a los piés de los caballos.

El cálculo de partida era incorrecto, propio de alguien con escasa cintura política y demasiada prisa por llegar a tocar techo. En el PP remozado y relavado de Soria se considera que esta región es propiedad de ellos, porque ellos son el partido político más votado en Las palmas y en Madrid. Pero esta región es más compleja que eso: el PP sólo es mayoritario en Gran Canaria, entre otras cosas porque el PSOE no fue nunca capaz de hacerse con parte de la herencia del voto centrista, como sí occurrió en otros muchos lugares de Canarias. Soria siempre ha creído que eel gana con mayorías comódas en Las Palmas porque está ungido por el dedo de Dios o porque se parece mucho a su jefe de filas al que -por cierto-lsa verdad es que se parece mucho hasta en el carácter. Lo cierto es que Soria gana por muchos motivos, entre los que resulta evidente el hecho de que la sociología electoral grancanaria ha girado hacia posiciones conservadoras tras casi diez años de guerras municipales sin sentido y variados ‘time sharings’ en el Ayuntamiento.

Pero no basta con tener una mayoría absoluta en la octava ciudad de España y ganar por goleada un congreso regional contra el sector representado por los más antiguos, para creer que todo esta hecho. El PP es un partido grande en el que no gusta mucho la autonomía. Y Soria se lanzó a la singladura de la crisis sin encomendarse siquiera a Javier Arenas.
Toda la potencia del PP regional, todas las bravuconadas de los últimos días se han estrelado contra el iceberg que representa la prohibición expresa de Génova para romper el Pacto. Que al final es lo único que cuenta: Soria dijo que rompería si el pasado miércoles no se arreglaba lo de su amiguete Carlos Ramírez en la Audiencia de Cuentas, y en Madrid le han dicho que si quieres arroz catalina. Eso sí, con un comunicado ‘ad hoc’ en el que Arenas ha recordar que su chico es todo un campeón.
El campeón de la memez, de momento: porque una cosa es encontrarse un ovbstáculo en el camino, y otra muy distinta buscar ese obstaculo para estrellarse contra él. Soria ha sobrevivido cargado de ridículo, porque en Génova no quisieron aceptar la dimisión revocable, intercambiable y retirable que presentó muy apasionadamente y a voz en grito la tarde del miércoles.
¿Dimitir? ¿Y quien quiere que dimita? Al PP no le conviene un nuevo escándalo a añadir a los que ya acumula en las islas con ánimo de abnegado coleccionista de sapos disecados. Y a Coalición le parece muy pero que muy requetebién esto de que la nave del Partido Popular en Canarias la guié un capitan tan incompetente que disfrutra no sólo estrellandola contra todos los obstáculos que encuentra en el camino, sino buscándo obstáculos nuevos cuando no aparece ninguno contra el que estamparse.
Los nacionalistas se lo están pasando decididamente en grande. Si Soria no fuera comandante en jefe, seguro que lo nombraban capitán.

El poderoso navío P.Panic se hunde en las heladas aguas del remoto archipiélago del Pacto Glacial. Su capitán, el alcalde Soria, y el grumete Guigou, han logrado salvarse sólo por los pelos, pero nadan en el oprobio, la mofa y la befa. Desde el témpano contra el que se han etrellado, les saluda feliz Javier Arenas: «¡Campeón, campeón! Hazlo otra vez, que salen luces».