Ana de Laguna: doncella amazona pendiente de reamortizar los bienes de la Iglesia

por | 21 noviembre, 1999 | Gran Pantalla

Durante la Guerra de los Cien años, que enfrentaba a Francia e Inglaterra, la joven campesina Juana de Arco se puso al frente de los ejércitos del delfín don Carlos para salvar a Francia. Juana oía voces que le llegaban desde dentro de su cabeza, y movida por esas voces abandonó la aldea de sus padres y superando burlas y escarnios logró llegar hasta el delfín y convencerle de que la pusiera al frente de sus ejércitos.

Que -por cierto- comenzaron a crecer y multiplicrse como las acciones de Telefónica y a ganar batallas como el amigo Villalonga, desde que la pobre pasiana analfabeta de Juana se puso al frente. Total, que la doncella aprende a montar a caballo, se pone una cota de malla de Cristian Dior y luego toma Orleans, después Reims, corona al delfín como rey de toda la Francia… algo que no le hizo mucha gracia a los curas de entonces, que -en materia de voces divinas- y asesoramiento al delfín- exigián tener el monopolio. Siguió Juana de victoria en victoria hasta que el delfín, que era gabacho y por ende traidorzuelo y dado al trapiche, pactó una tregua con los ingleses y se libró de ella mandándola a las crudas mazmorras. El obispo de Beauvais, que nunca había hecho buenas migas con la doncella se encargó de encadenarla ante un Tribunal de la Inquisición, que la declaró hereje y bruja y relapsa y decidió quemarla en la pira. Luego humo.

Con tales mimbres, quinientos y pico años después, y a los veinte de haber sido la doncella de las voces rehabilitada por el Vaticano y llevada a los altares, Victor Fleming (el de ‘Lo que el viento se llevó’) se montó un peliculón entre místico y tostonazo, cuya única virtud capital -aparte la que pudiera suponerse a la doncellez de Juana- es la interpretación pasmada de una Ingrid Bergman ya muy metidita en carnes para hacérselo de púber, pero aún así transida de luz. A José Ferrer le encargaron interpretar el delfín, y le salió más corrupto que lucido. Todo muy francés, excepto el obispo borgoñón de Beauvais, que quedó como un pelo marimacho, con esas pamelas y faldones tan poco agradecidos de los obispos de antes.

Los de ahora, en cambio, tiran de ‘clergy men’, y son mucho más elegantes. No les hace ni falta quemar a las jóvenes irredentas en la hoguera. Le basta con mandarles una notita de prensa sutilmente redactada por el padre Carmelo (responsable de la cosa de comunicación social del obispado), para que se eche a temblar hasta el más bragado.

Otro procedimiento para evitar la hoguera es reunirse en el Obispado. Por ejemplo, con monseñor Felipe, obispo tinerfeño de los de ahora y los de antes, que -por lograr- ha logrado meter en cintura a la alcaldesa lagunera, Ana Oramas. Empezó Ana su mandato con pretensión de cambiar el Corpus de fecha para devolverlo al puesto verdadero en el calendario, aún a costa de cargarse el martes de carnaval como fuista local lagunera, y montó la doña una revolución de cuidado, con comerciantes y media Laguna pidiendo su pescuezo en la plaza de la catedral. Parece que al Obispo no le gustó eso de que doña Ana se pusiera a tocar el calendario sin encomendarse ni a Dios nio a él, que es su representante vicario en La Laguna y diócesis. Y más luego, por eso de que es La Laguna ciudad de querencia religiosa, principal de curas y cabeza de partido de frailes, doña Ana volvió a meterse en camisa de once varas al pretender donar cincuenta millones de municipal peculio a su clientela de Finca España, para que estos hicireran una iglesia, sin consulta previa a quien autoriza las iglesias, que parece ser que es quien las regenta. Volvió a intervenir con la delicadeza tradicional el señor Obispo, recordando a las autoridades laicas que en materia de cultos es conveniente -si no procedente- consultar a quien de eso entiende, y quedaron los cincuenta millones pendientes de pasar factura.

Hasta hace un par de semanas, poco antes de que el asunto ese de los caballos de la policía acabara a coces en el mismo pleno, con la mitad de los concejales dados a la defensa de lo equino y la otra mitad pariendo variadas demagogias. Poco antes, digo, fue cuando la alcaldesa y su fiel ecudero y protector (los amigos le llaman ‘pelopincho’, los enemigos le llaman de cualquier otra manera que no voy a reproducir), decidieron ambos en comandita reunirse con el Obispo para iniciar lo que podríamos llamar ‘Muy sancta e sagrada reamortización lagunera’. Y es que después de topar con la Iglesia en un par de deslices, doña Ana Oramas ha dado el paso definitivo para evitar la excomunión: ha ofrecido al señor Obispo suelo y colaboración económica para construir púlpitos en los barrios laguneros que haya menester, completando la red de parroquias en todo el municipio. El Obispo, ni que decir, ha aceptado encantado este proceso de ‘devolución’ a la Iglesia de lo que a la Iglesia se le quitó en el XVIII. Que no fue poco.
Y para empezar a celebrarlo, nada mejor que meterle mano a las obras de la catedral, una de cuyas desmochadas torres lucía ayer el catálogo de los que gastan cuartos en ella: Estado Gobierno de Canarias, Cabildo, Ayuntamiento de La Laguna y Obispado. Para que luego digan que no hay colaboración entre el brazo secular y el otro. Y todo esto por no hablar de los caballos, que tampoco es cuestión de recordar que Ana -digo Juana- aprendió a montarlos más bien tarde, y en cuanto supo, ganó una batalla detrás de otra.