Quiz show: el concurso que no logró acabar con la tele

por | 14 noviembre, 1999 | Gran Pantalla

Hace muuuuuchos, muchos años, había un país con una única televisión y con un programa estrella los sábados, llamado ‘Cesta y Puntos’. Iba de unos curas con sotana que capitaneaban a dos grupetes de muchachos decididos a demostrar lo mucho que se habían empollado la lista de los reyes godos y los afluentes del Miño, que -como todo el mundo sabe- son el Sil, el Avia y el Arnoya. Bien.

Eso era hace mucho-mucho tiempo, cuando todavía creíamos en la bondad intrínseca de la tele y zarandajas similares. Con el tiempo descubrimos que la tele es al ocio lo que la comida basura a la alimentación sana. Y un poco más tarde descubrimos también que todos los concursos tienen truco. Los ojos nos lo abrió Robert Redford con la ayuda de John Turturro y Ralph Fiennes en una asombrosa película sobre los bastidores de un programa de preguntas y respuestas de la tele americana. En ella, dos concursantes rivalizan para conseguir fama y dinero ante las cámaras, hasta que se descubre que todo es un puro montaje. Y se descubre ante los ojos abiertos del país entero. Turturro y Fiennes con los calzones al aire.

Al pobre Jorge Bethencourt le ha venido a suceder lo mismo: después de preparse el concurso a lo largo de más de un año, conseguir el dictamen favorable del Tribunal Superior de Justicia de Canarias y sortear todo tipo de acechos de Ignacio González (hijo), es precisamente el Tribunal Supremo el que le para las patas y le dice que el concurso ese para ahorrar dinero tenía truco.
En la mayoría de los países escandinavos, la televisión pública se financia por un impuesto directo sobre el consumo de televisión. Funciona así: si usted tiene una televisión en su casa, aunque sólo sea para recibir vía satélite la MTV o Euronews, le guste o ne le guste la televisión pública, tiene usted que pagar una cantidad que se destina íntegra al sostenimiento del sistema estatal de televisión. El impuesto no se paga al comprar el aparato receptor (en la Europa sin fronteras eso haría que muchos ciudadanos compraran sus televisores fuera de su país), sino todos los meses, por recibo domiciliado en sucursal bancaria. Cuando usted compra una televisión y la pone a funcionar, tiene que declararlo a las autoridades municipales, que se encargan de tramitar el impuesto. Si usted tiene en su casa dos receptores, paga dos impuestos, y si tiene tres, pues paga tres. Todo muy razonable.
Para evitar el fraude -prácticamente inexistente, por otro lado-, por las calles de las ciudades escandinavas circulan unas furgonetas que parecen de la CIA, y que se dedican a medir el espectro radioléctrico y detectar si los vecinos tienen operando clandestinamente alguna tele. Al que pillan haciendo trampa se la confiscan y le meten una multa de aúpa. A nadie se le ha ocurrido implantar aquí un sistema parecido, entre otras porque a ver que Gobierno le pone el cascabel al gato y sale a cobrar un  impuesto sobre el ‘circenses’.

Por eso, porque aquí la tele no la va a pagar nadie, y porque la tele sale muy cara, Jorge Bethencourt parió un sistema inverosimil pero muy práctico, consistente en ‘sunbcontratar’ la gestión pública, para que la cosa saliera más barata. De lo que se trataba era de ahorrar 15.000 millones anuales al Tesoro canario, y aunque la fórmula en cuestión -eso de ceder la explotación publicitaria y pagar por el servicio- sonaba como rarito, los servicios jurídicos del Gobierno de Canarias bendijeron el asunto, y todo iba bien -PSOE y PP estaban dispuestos a pasar por el aro- cuando a Manuel Hermoso se le ocurrió hablar con Jesús del Gran Poder.
Andaba por aquél entonces el PP en pleno ‘rifirafe’ loco de la operación contra Polanco, con Aznar empeñado en meter al presidente de Prisa y a Cebrían en la cárcel para pagarle los favores recibidos a PedroJota y con Polanco repartiendo leña a diestra y diestra desde todos sus altavoces. No parecía el mejor momento para encomendarse desde este rincón tropical a una ‘entente’ con Prisa, pero a Hermoso siempre le ha gustado nadar contra corriente.

Cuando se enteraron en el PP del matrinoniaje Hermioso-Polanco, primero intentaron convencer a Mauricio para que hiciera lo propio con Televisa, y cuando no salió la cosa, ni con el viaje a México, entonces empezó de verdad la gresca: Ignacio González hijo se convirtió en portavoz de una de la campañas más sangrientas que se recuerdan contra una iniciativa nacionalista. El ministerio de Fomento fue el ariete de toda la ofensiva, y Arias-Salgado juró que no habría tele por encima de su cadáver.

La hubo. Cierto que con retraso y con el beneplacito previo de los tribunales de acá abajo. Esos mismos a los que el Supremo acaba de enmendar la plana. La cosa es que ahora, descubierto que el concurso tenía truco -como todos-, el descubrimiento da casi lo mismo. La tele ya no la para nadie (a ver, a ver…), Prisa va a seguir de este lado o de aquél del contrato-programa, y además al único del PP al que todavía le importa realmente el asunto de si Polanco ‘se coloca’ en Canarias es a Rafael Arias, que el ministro gafe se la tiene jurada por lo mucho que recibió de ‘El País’ (& afines) durante el veranillo loco de Barajas.
Guigou y Soria han aprovechado para decir que ellos tenían razón (en realidad quien la tenía -si el Constitucional no reconduce el pleito) era Nacho González, pero no se la van a dar a estas alturas al pobre Nacho. Más: Paulino Rivero ha hecho un ridículo de aquí te espero. Por prometer lo que nadie debe prometer (de que lado caería la decisión de los jueces), que no por equivocarse, que eso le pasa a cualquiera.

Queda sólo ver cuanto nos costará al final la tele de marras, y cuanto tiempo y dinero se perderá renegociando el modelo abortado. En Canarias tenemos tendencia a reducir al absurdo cualquier situación. Vivimos en la era de la multioferta televisiva y las plataformas digitales y aún no tenemos del todo claro si la televisión pública regional servirá para algo diferente a emitir los comunicados de prensa de quien mande y repetir películas ya pasadas por Canal +. Pero una buena gresca por nada no nos la quita nadie.