Contaminación por roce

por | 20 agosto, 2026 | A babor

La foto del año: Felipe y Negre

No sé si merece la pena dedicar otra columna a la ya foto del rey Felipe con el siniestro Javier Negre. En agosto, cuando la actualidad se convierte en un piélago seco, uno acaba pescando cualquier cosa y corre el riesgo de conceder importancia a quienes viven precisamente de fabricarla. Negre logró lo que buscaba: su foto con el Rey. Y Óscar Puente le regaló después lo que necesitaba: varios días de polémica nacional.

Ocurrió en Colombia: durante la toma de posesión del nuevo presidente, Negre se acercó a Felipe, le pidió posar con él y el Rey accedió. No parece que hubiera ninguna cita previa, ninguna reunión oculta, una invitación de la Casa Real o algún tipo de reconocimiento institucional. Fue una de esas fotos que los líderes se hacen continuamente con desconocidos, simpatizantes, Aldamas, periodistas, pelmazos y, oportunistas. Negre pertenece, sin duda a las tres últimas categorías, aunque es cierto que su forma de ejercer el periodismo –una disciplina en la que cada maestrillo ejerce con librillo propio- consiste con frecuencia en provocar y presentarse después como víctima de quienes reaccionan a sus provocaciones. Es natural que la fotografía encolerice a quienes han padecido sus miserias. También es legítimo pensar que la Casa Real debería extremar el cuidado para evitar que personajes como Negre usen al jefe del Estado como aval de respetabilidad.

Pero entre considerar desafortunada la foto y que un ministro del Gobierno la califique de ‘ignominia’, proclame que el Rey ha cruzado una “línea roja” y afirme que -en su concepto de país-, el jefe del Estado no debería tocar a Negre “ni con un palo”, media bastante exageración. Óscar Puente no se limitó a criticar una imprudencia. Se atribuyó poder decidir con quién puede fotografiarse el Rey y quién debe quedar excluido de su proximidad física. La crítica desaforada de Puente, y su recurso impostado a la solución republicana, se soporta en una idea bastante más inquietante que la fotografía del monarca con el pelmazo: la contaminación ideológica por roce. Según esa concepción de lo público, hay personas cuya mera cercanía degrada a quien las saluda, escucha o toca. La respetabilidad ya no depende de lo que uno dice o hace, sino de con quién apareces en una foto. En este mundo de pantallas omnipresentes, siempre habrá gente dispuesta a elaborar la lista de contaminados y contaminantes.

A ver, no se trata de una práctica exclusiva de la izquierda. La derecha lleva un lustro distribuyendo certificados de decencia, y calificando de terrorista, golpista o traidor a cualquiera que converse con quienes la derecha considera sus enemigos. No es un vicio, pues, del que se salve el mundo de lo rancio. Pero resulta chocante que un ministro pretenda imponer un cordón sanitario personal al jefe del Estado. El rey no representa solamente a los ciudadanos homologados por Puente. Representa también a millones de españoles que votan a partidos que el ministro detesta, leen medios que don Oscar desprecia o mantienen opiniones que Puente considera repugnantes. Por cierto, que si no son más millones de españoles esos que los otros, si son más millones de españoles dispuestos a aceptarse como tales.

La función integradora de la Corona exige prudencia para no caer en las trampas de la fachosfera, pero también poder saludar a quien al rey le salga del occipucio, sin solicitar previamente el certificado de pureza ideológica del Gobierno de turno. Fotografiarse con alguien no supone compartir ideas ni absolver comportamientos. Si cada saludo tuviera el valor de una adhesión, la agenda de nuestros variados próceres debería someterse diariamente a una comisión de depuración. Y en materia de fotos poco edificantes, no están Puente y los suyos muy católicos.

Eso no convierte a Negre en víctima. Utilizó la foto para presentarse ante su público como reconocido por el Rey. Felipe actuó con ingenuidad al permitírselo, aunque no se me ocurre que podría haber hecho para evitarlo. Puente multiplicó el rendimiento de la operación, al pretender transformar una imagen intrascendente en conflicto institucional y llamamiento a sacar la tricolor de los armarios. Negre puso el anzuelo y el ministro picó con entusiasmo, arrastrando después al Rey, al Gobierno y a la oposición a esta discusión perfectamente prescindible, en la que hemos confundido la crítica con la excomunión. Se puede reprochar al rey su ausencia de cautela sin convertirlo en cómplice; considerar a Negre un tipo tóxico sin prohibir que exista, y ser ministro sin comportarse como un portero de discoteca que decide quién entra y quién no en el reservado de la gente decentes. En agosto escasean las noticias, pero ni en agosto descansan los aspirantes a vigilarnos las compañías.