16. Hollín

por | 13 diciembre, 2008 | Papel quemado

Yo tuve una vez un cuadrito con una historieta de Crumb, en la que –a lo largo de ocho o diez viñetas- lo único que se veía era a Mr. Natural limpiar concienzudamente la vajilla amontonada en su fregadero hasta dejarla reluciente. Fue hace muchos, muchos años, en mi alquilada casa lagunera de estudiante. Recuerdo con frecuencia aquél cuadro sobre el pollo de azulejos de la cocina, que algún otro estudiante debió colgar allí antes de que yo llegara. Lo recuerdo porque vi esa historieta en miles de ocasiones, recordándome la felicidad íntima que proporciona un trabajo hecho a conciencia cada vez que me tocaba a mí fregar la loza, y ahora, cada vez que tengo que hacer algún trabajo de limpieza que requiere cierto esfuerzo, método y concentración, vuelvo a ver a Mr. Natural, sonriente y feliz, frotando un vaso hasta sacarle brillo.

El mismo Mr. Natural me acompaña desde hace días hasta en mis sueños. Pero el personaje de Robert Crumb ya no luce su impoluta y larguísima barba blanca ni siquiera en mis recuerdos… Todo empezó cuando bajamos al jardín con gran esfuerzo y cierto peligro de rompernos la columna los dos enormes armarios chinos de mi dormitorio que lograron sobrevivir al incendio sólo algo requemados por las esquinas de arriba, pero completamente tiznados de hollín. Lo más razonable habría sido hacer con ellos una excelente partida de leña taiwanesa de gran calidad con destino a seguir los pasos del resto del mobiliario, pero después de largo debate y consideración decidimos salvarlos con mi voto en contra.

Llevo desde entonces dos días seguidos sin parar, dedicado un entero fin de semana a restregar con furia y saña lo que otrora fueran paños de madera finamente lacada y hoy parecen restos de una antigua guerra sin duda perdida… La técnica es muy sencilla: se restriegan primero por fuera y luego por dentro, sacando hollín y más hollín, y algo del barniz, y finalmente algunas micras de la propia madera lamida por el fuego, con ayuda de cepillos y estropajos que hay que lavar cada dos minutos. Cuando piensas que has avanzado bastante en una zona, vas a otra y sigues restregando con rabia. Por ejemplo, ayer me concentré en los ocho enormes cajones en los que antes se guardaba la ropa que podía doblarse. Quedaron muy limpios los cajones, sobre todo comparados con el resto del armario. Hoy he restregado las puertas, las bisagras, los tiradores y los hermosos herrajes con signos zodiacales chinos, y mi sorpresa es mayúscula al volver a mirar los cajones ayer impolutos y hoy nuevamente perjudicados por insondables rastros de nueva negrura que parece alimentarse del trabajo realizado en otros lados. Vuelta a empezar, pues, como haría Mr. Natural –constancia, voluntad y empeño-, todo por rematar un trabajo bien hecho…

Como mejor sale el hollín es con agua y jabón, pero con mucho agua y mucho jabón, y siempre a base de frotar intensamente. El hollín tiñe el agua y los paños y los estropajos y los cepillos y lo deja todo negro como café negro: la hierba del jardín, los pisos de piedra, las paredes, la ropa del currante… todo. Poco a poco, a base de mucha paciencia, se va produciendo el milagro: el hollín del mueble descubre lo que había debajo y se traslada parsimoniosamente a otros lugares. El hollín debería ser mejor estudiado por los físicos: después de tratarlo una semana, estoy seguro de que es la partícula elemental de la materia, el átomo que buscaron los griegos: no se destruye ni se trasforma, apenas cambia de sitio.

Cuando empecé a limpiar, los armarios eran los dos del mismo exacto color negro tiznado que se ha convertido ahora en el color dominante en mi vida. Después de horas y más horas de remojar los armarios a manguera loca y frotar con cepillo y esparto, cada uno ha adquirido vida propia: uno de ellos ha desvelado ser de un color marrón oscuro, entre chocolate y caramelo, mientras el otro se torna por momentos místicamente rojizo, como una bandera de oración tibetana. Cuando los compré hace años en una tienda china, ambos eran exactamente iguales, y seguían siéndolo –pero negros- al llegar al jardín tras el incendio después de su pesado viaje por las escaleras.

Pero es que el hollín no es sólo un fino y pegajoso polvo de carbón que se pega primero a las cosas, luego a las personas por fuera (se cuela por las uñas y los pliegues de la piel, se instala cómodamente en los poros, se enseñorea y adueña de recovecos inútiles que uno procura olvidar que tiene…) y finalmente se instala para siempre en el alma de las personas, muy dentro. Pero no hagamos drama: el hollín es negro, sí, pero Mary Poppins nos enseña que es también un polvo mágico que esconde mundos desconocidos. Cuando cubre algo lo cambia en su esencia y además lo cambia para siempre. 

Así, un armario que haya vivido unos días cubierto de hollín, después de un par de jornales de frote continuado, puede ser lo más parecido a un pariente próximo y querido: no ya por el parecido físico exterior (ni siquiera mis armarios budistas tienen mi barriga) o por el idéntico aspecto final del armario, el tonto que lo ha limpiado y veinte metros a la redonda. Un armario tras dos días de desholline se convierte en un objeto tan singular y poderoso, tan ejemplar y perfecto, que ni siquiera Mr. Natural sería capaz de derrotarlo con Mistol. Mis dos armarios chinos, el marrón y el colorado, ambos tiznados de por vida, son ahora y por siempre un objeto filosófico, el hogar de mis futuras camisas hollinadas, el símbolo que ha de recordarme el resto de mis días que incluso en la descreída vida moderna puede haber lugar para el inútil heroísmo de un trabajo hecho a conciencia que no sirve para nada…