¡Vaya Santa Cruz!: historia de uno que no quería ser alcalde

por | 26 diciembre, 1999 | Gran Pantalla

Seguro que todos los que tienen hijos infantes tuvieron que soportar ayer ese horror llamado ‘Vaya Santa Claus’, una de las películas-delirio con la que la tele golpea a los pobres padres de familia por estas fechas, como si todo lo demás navideño -ya saben de qué hablo- no fuera suficiente castigo.

La pusieron en la Primera, y a la hora de comer, con toda la familia reunida para perpetrar el atentado en vivo, en directo y sin posibilidad de escape. La película (para entenderlos vamos a llamarla así), cuenta las vicisitudes de un incrédulo Tim Allen, una suerte de tipo cínico y tirando a miserable que no traga con las cosas de la Navidad y que -en justo castigo- acaba por convertirse en un Santa Claus bonachón y barbudo, personaje por el que nunca ha sentido demasiada simpatía. El actor más logrado de toda la película es un enano que regenta la fábrica de chucherías de Santa Claus en el Polo Norte. Y lo demás es lo mismo de siempre en las películas de temporada, sólo que todavía más almibarado y peor resuelto.

Sin embargo, la metafora del cínico que acaba por convertirse en algo en lo que nunca ha creído resulta próxima: es más o menos lo que le ha ocurrido a Miguel Zerolo, que a pesar de llevar la alcaldía en la sangre, fue forzado casi a empujones a convertirse en candidato a la de Santa Cruz en 1995, lo que le obligó a renunciar a su puesto de consejero de la Presidencia y Turismo, en el que vivía instalado como un pachá, organizando saraos por medio planeta y dedicado a meterse periodistas en el bolsillo. Hermoso era entonces presidente y no podía repetir en la alcaldía: de todas formas, se lo hizo de candidato porque nadie estaba muy seguro de que Zerolo (‘Zerolito’ todavía entonces para los colegas), pudiera comerse una rosca en los comicios. Tenía el hombre fama de ser muy brillante pero también muy gandul, y lo más probable es que no fuera exactamente ninguna de esas dos cosas. Como consejero de Turismo fue un tipo ingenioso, pero sobre todo fue un tipo eficiente: dejó que otros pensaran por él y puso en orden los mecanismos de promoción exterior, que hasta entonces estaban a la buena de Dios. Acertó en un par de grandes campañas (aquella de la muralla china, o la del Kremlin, o la de los recién casados) y pinchó en otras (la del misil balístico intercontinental -un SS20 soviético- que tendría que haber sido instalado en Lanzarote), pero nos dejó a todos creídos de que era un tipo muy pero que muy listo.

Ser listo es una cosa, y ser trabajador es otra no necesariamente igual. Cuando Hermoso dimitió (tres segundos después de ganar las elecciones en Santa Cruz con el peor de sus resultados y dejando a ATI en minoría municipal), en el partido se hicieron cruces: «es que Miguel…», «No se yo si Miguel…», «Lo más difícil va a ser que Miguel llegue temprano al despacho…». Esios y otros comentarios de tenor así estaban a la orden del día. Zerolo se instaló en la planta alta del Ayuntamiento, se peleó con Guillermo Guigou rápidamente (a Guigou le gustaba llegar antes que él) y descubrió que el presupuesto municipal no da para las alegrías publicitarias que daba el de Turismo. Entonces llamó a sus dos amigos de siempre y del alma, para que le pensaran algo que llamara la atención por pocas pesetas. Fueron un par de tonterías sobre las cacas de los perros y cosas así. No era mucho, pero Zerolo seguía teniendo esa mano izquierda tan suya para camelarse a los medios de comunicación y para meterse al común en el bolsillo. Con ayuda de Hermoso reconquistó el Carnaval para la causa y también para la causa siguió hasta el paroxismo la estela ‘chachona’ de la fiesta y el jolgorio.

Pero ni eso era bastante. Al final tuvo que ponerse a trabajar. Primero de a poco en poco hizo unos bonitos arreglitos en las Ramblas -muchas flores, y columpios, y bancos para los abueletes-, para enseñarle a la gente lo que pensaba hacer con la ciudad. Y luego, tras ganar las elecciones por goleada, y con todo el mudo desprevenido y mirando para otro lado, levantó la plaza entera. Había estado esperando para no ‘cabrerar’ a la ciudadanía con los agujeros, las obras y los atascos, pero el día después de cerrarse las urnas, Santa Cruz parecía Beirut en tiempos de guerra, y los comerciantes de la Zona Centro una facción del ‘Ejército Simbiótico para el Extermino de Alcaldes’. Acabó calmándolos con una rebajita de impuestos. Y es que este alcalde es capaz de convencer hasta a Aznar de que retrase la convocatoria de elecciones. Por lo menos al domingo de Piñata, que en materia de Carnavales el alcalde si que se les trae. Porque Zerolo compite con la memoria de Leoncio Oramas: abre zanjas, adoquina calles, suma aparcamientos subterráneos y cierra al tráfico la ‘Tres de Mayo’, prometiendo que todo estará listo para los ‘idus de marzo’. Pero no renuncia a seguir siendo el heredero de la máquina que hizo fuerte a Hermoso. Se gana a las murgas y controla ferreamente la ‘marcha chicharrera’. Y a su concejal de Cultura, Dámaso Arteaga, le deja que entretenga al personal con finuras propias de intelectual: la última fue hace muy pocos días, y consistió en declarar ‘urbi et orbi’ que el Carnaval de Santa Cruz es el mejor y el más bonito y el más importante del planeta. Y los ‘brasileiros’ sin enterarse. Rayate un millo.

Con ayuda de Dámaso o sin ella, a Zerolo le ha pasado lo que al protagonista de la peli de ayer. Al final este tipo cínico y descreído que no creía en (y no quería) la Alcaldía, no pasará a los libros por haber bautizado una costelación de Sirio con el nombre de ‘Canarias’ o por haber abierto la Plaza Roja a la publicidad capitalista. Si ha de pasar a los libros por abrir algo, será por haberle abierto las tripas a esa vieja ciudad que es Santa Cruz. Y si tiene un poco más de esa suerte que siempre le ha acompañado, también por haberla cambiado.

Pie dibujo: Miguel Zerolo se ha convertido en alcalde de la ciudad que tiene «el mejor carnaval del mundo» y las tripas más abiertas. A pesar suyo, y con la inestimable ayuda del concejal de Cultura, Dámaso Arteaga.