Una historia del bozal

por | 06 abril, 2022 | A babor

Pedro Sánchez fue el primero en anunciar que pronto dejará de ser obligatorio usar mascarillas en interior. Es la única restricción general que queda por suprimir en nuestro país, la que aún nos recuerda que seguimos bajo los efectos de la pandemia. Bueno, también nos lo recuerdan las cifras de muertos, que no parecen disminuir a la misma velocidad que nuestra capacidad de asimilar y olvidar. Nueve personas han muerto en Canarias este pasado fin de semana, todos ellas (menos una) mayores de sesenta años y con padecimientos previos.

Parece que la edad y las enfermedades previas son la forma de tranquilizar a los que no superan los sesenta y carecen de antecedentes que supongan peligro. Uno percibe ya una cierta relajación en el uso del bozal en interiores, que sólo cumplen a rajatabla las personas mayores. Y es que los mayores mantienen su diálogo con la parca de una forma diferente a los que no lo son (mayores). Siempre ha ocurrido así, pero ahora, con esta enfermedad tan inteligente y práctica que se niega a desaparecer concentrándose en ahorrarle al Estado una pasta en pensiones, la ancianidad se pertrecha para la resistencia, aferrándose al último símbolo de la pelea contra el Covid.

Cuando esto haya pasado realmente, el bozal nuestro de cada día –inmortalizado en dos años de instantáneas y videos para toda la posteridad- será recordado como el principal símbolo de la peor enfermedad de la Historia moderna. Se lo merece: su capacidad para frenar la expansión de enfermedades fue descubierta durante la gran plaga de Manchuria en 1910, tan mortífera que todos los contagiados morían dos días después de manifestar síntomas. Un médico malayo, Wu Lien-teh, descubrió que aquella infección –una peste neumónica- no se contagiaba, como se creía entonces, por la picadura de pulgas sino por el aire, de la respiración de una persona a otra. Lien-Teh se convirtió en el primer defensor del uso masivo de la mascarilla: logró detener en 1911 el avance de la enfermedad, que solo provocó 60.000 muertos. El doctor Fernando Simón ha sido nuestro Lien-teh particular, pero quizá convenga recordar que no siempre lo fue, más bien al contrario…

Y es que el uso de la mascarilla ha pasado por muchas y muy diversas fases en estos dos años. Antes de que comenzaran a llegar masivamente los cargamentos chinos vía Plus Ultra y similares, el barbijo era un estigma que identificaba a cobardes y paranoicos cuando el Gobierno –el mismo de ahora- nos decía que ponérselo no servía absolutamente para nada, que era completamente inútil. Para después decirnos que el tapabocas podía entenderse como una necesidad privada, cuya confección casera con telas y filtros de espuma de poliuretano se alentó, para luego denunciarlos nuevamente como un engaño, y llevarnos a un largo debate sobre las calidades y sus protecciones (domésticas, higiénicas, quirúrgicas, FFP1, FFP2, FFP2 con válvula, FFP3…) que nos mantuvo bien entretenidos con la nomenclatura hasta que el uso del condón nasobuco se convirtió en una precaución, conveniente primero, imprescindible después, y hasta hoy (en interiores) obligatoria. Lo cierto es que el valor de uso de este adminiculo que nos evita sorber virus ajenos y salva nuestras vidas, fue creciendo imparable, a medida que hermanos, cuñados y primos de políticos -y otros comisionistas- hacían su agosto y bajaba el PVP.

Hasta hoy, 6 de abril, cuando el Consejo Interterritorial decida darle al Gobierno lo que el Gobierno quiere y ya parece haber decidido. Así podremos celebrar el entierro de la mascarilla el próximo Jueves Santo, en un alarde de virtuosismo sanchista de la propaganda. De todas las fechas, se opta por el día de las mayores aglomeraciones posibles, contra el criterio de los técnicos de Sanidad. No parece lo más sensato, pero ya se sabe que entre el bozal y el desembozamiento, nada ha sido especialmente sensato.

Y vuelven las dudas: ¿Por qué esperar precisamente al Jueves Santo? ¿Por qué no hoy o mañana o el domingo? ¿O por qué no dejar pasar toda la Semana Santa? Eso segundo es precisamente lo que se pide en el borrador del informe de los técnicos a Carolina Darias, y lo que también pide Andalucía. ¿A qué esta prisa ahora? La respuesta a las dudas: “Que buenas son las Madres Ursulinas, que buenas son, que nos llevan de excursión…” ¡Qué país este!