Tras el partido

por | 21 julio, 2026 | A babor

Argentina ha dado en las últimas décadas algunos de los futbolistas más extraordinarios del mundo, pero también ha cultivado una idea muy particular de su viveza criolla: la convicción de que ganar justifica llevar el reglamento hasta sus límites. Esa cultura deportiva matonil y agresiva pone a prueba el autocontrol en la derrota. Cuando el esloveno Slavko Vinčić señaló el domingo el final del encuentro, el fútbol terminó. Ya no quedaba jugada alguna por disputar, balón que recuperar, o resultado a modificar. Se abría el tiempo reservado para los apretones de manos, las felicitaciones y el reconocimiento mutuo entre los que habían protagonizado el mayor espectáculo deportivo del planeta. Pero fue justo entonces cuando se perdieron definitivamente todas las formas.

Una entrada dura durante un partido puede explicarse -no siempre justificarse- por la tensión de la competición, la velocidad del juego o un exceso de intensidad. Pero lo que ocurrió después pertenece a otra categoría. El domingo no se golpeó a los jugadores contrarios para ganar el Mundial. Se les golpeó porque el Mundial se había perdido.

Esa diferencia nos obliga a preguntarnos hasta qué punto hemos terminado dando carta de naturaleza a una idea profundamente equivocada de lo que es el deporte. Los reglamentos han evolucionado para proteger la integridad física de los jugadores, hoy se sancionan entradas que hace treinta años parecían normales, se vigilan los golpes en la cabeza, se persiguen las acciones temerarias y se utiliza la tecnología para corregir errores arbitrales… Sin embargo, toleramos una creciente escalada de violencia, de mezquindad moral y de comportamientos antideportivos que nada tienen que ver con el juego, porque –nos decimos- “el fútbol es así, esto también forma parte del futbol”.

Durante demasiado tiempo hemos confundido la competitividad con permitir la villanía. Hemos acabado considerando normales comportamientos que fuera de un estadio nos parecerían sencillamente inaceptables: simular una agresión para provocar que se expulse o sancione a alguien inocente, fingir lesiones para que ganar tiempo, agarrar a otro jugador cuando el árbitro no mira, hacer daño intencionadamente al que destaca, protestar cada decisión del colegiado para intimidarlo, provocar al rival para que pierda los nervios, humillar al derrotado en lugar de reconocer su esfuerzo… ¿Eso es lo que ahora es el fútbol?  Yo no entiendo de fútbol, pero no, eso no puede ser fútbol.

Este deporte, nacido como “deporte de caballeros”, surgió para competir, pero también para educar. Para enseñarnos a ganar, pero sobre todo para enseñarnos a perder. El fútbol desarrolla la disciplina, el sacrificio, el compañerismo y el esfuerzo en equipo. Pero, sobre todo, debería enseñar que el verdadero carácter aparece cuando se pierde un partido. Es fácil comportarse con elegancia cuando se gana.

Nuestra sociedad tiende a justificar los comportamientos que llevan al éxito. Ocurre en política, donde el adversario ha dejado de ser rival para convertirse en enemigo. Sucede en los negocios, en los que el resultado absuelve el procedimiento. Pasa en las redes, que aplauden el insulto más que al argumento. Y ocurre en el deporte.

Lo que vimos el domingo en el estadio de Jersey no define a Argentina. Sería injusto reducir una de las grandes escuelas futbolísticas del mundo, al comportamiento inicuo de algunos jugadores y miembros del cuerpo técnico. Pero sí debería servir para abrir un debate que el fútbol lleva demasiado tiempo posponiendo. ¿Puede la Fifa seguir apostando por el espectáculo, la bronca y el negocio por encima de los valores deportivos que debe defender? ¿Podemos seguir tolerando que el juego sucio se imponga?  No sólo fue la tangana, fue el conjunto: las entradas diseñadas para intimidar, las protestas continuas, las provocaciones, el desprecio a los triunfadores durante la entrega de medallas, la incapacidad para aceptar la derrota…

Existen deportes de contacto mucho más duros que el fútbol. En el rugby los golpes son infinitamente más violentos, pero el respeto al adversario constituye casi una religión. En el fútbol, en cambio, se lleva años tolerando –cuando no alentando- conductas que nada tienen que ver con el juego, que contagian a los aficionados y destruyen el valor educativo y social del enfrentamiento reglado.

El reglamento castiga la violencia física porque rompe el juego. Quizá haya llegado el momento de empezar a castigar con el mismo rigor la vileza, que también destruye el deporte. No deja moratones en las piernas, pero si una huella mucho más profunda: enseña a millones de niños que ganar al precio que sea es más importante que competir decentemente por la victoria. El día que aceptemos que el futbol es eso, habrá dejado de ser lo que hoy sigue siendo para miles de millones de personas, y acabará por convertirse en otra forma de la ley de la selva.