Racistas

por | 03 febrero, 2021 | Crónicas canallas

Nada hay más injusto y peligroso que la marginación social y la esclavitud laboral. El primer derecho del ser humano tiene que ser su plena condición de ciudadano.

La imagen de cientos de subsaharianos sin papeles, hacinados en el muelle de Arguineguín primero, ahora en hoteles, apartamentos o campamentos instalados al socaire de la vista ajena en el interior de cuarteles, tras llegar en pateras o cayucos procedentes de lugares cada vez más al sur, están actuando como los árboles que no dejan ver el bosque. Estos inmigrantes que han sucumbido al verdadero efecto llamada, la llamada del paraíso que les entra a distancia a través de las parabólicas, a veces alimentadas con la batería de un camión, o por el boca a boca de los que lograron llegar, son lo mejor de sus respectivos países. Son los más fuertes, entre ellos están los jóvenes mejor preparados, son ambiciosos y tienen una fe ciega en el triunfo. Por eso, entre las fotos y los vídeos de esos chicos ateridos de frío, pero con una mirada llena de curiosidad y esperanza, que desembarcan en los puertos canarios,  y las noticias de medidas urgentes y extraordinarias para controlar el flujo migratorio, existe un problema complejo, poliédrico, que se está constituyendo como una de las claves de la política del siglo XXI: el gran éxodo africano. Aunque tampoco éste es el único fenómeno migratorio que, por su innata fuerza, la fuerza de la supervivencia para millones de gentes, para enteros pueblos, está conmoviendo los cimientos demográficos y sociales de distintas naciones. Estamos entrando en una era marcada por masivas migraciones. El mundo pobre quiere entrar en el mundo rico. Desde el infierno, a los paraísos presentidos.

Pero estamos también en la era de la comunicación: todo se vive en directo y en tiempo real. Y eso tiene un efecto psicológico en la sociedad que antes, simplemente, no existía. En el municipio de Arona, en el sur de Tenerife, ahora se vive en primera línea la llegada de cayucos que cada vez se parecen más a lanchas de desembarco. Y a pesar de que ninguno de los sin papeles se queda en el pueblo, todos son derivados, comienza a prender la llama de la xenofobia: los vecinos temen a las barcas, creen que están infectadas por peligrosas enfermedades tropicales, y han forzado su alejamiento de los lugares habitados.

España no puede, ni debe olvidar, cuando su esperanza estaba en los emigrantes, cuando parte de sus mejores hombres y mujeres viajaban hacinados en vagones ganaderos  a Europa y en camarotes de tercera y las bodegas  de barcos repletos a América. Somos un país de emigrantes que tiene la capacidad y la memoria para entender las miserias y las grandezas de la aventura desesperada en busca de un mundo mejor, que pasa por encima del desarraigo e incluso de la propia razón en ocasiones. También los españoles íbamos en pequeños veleros que parece imposible que pudieran cruzar el Atlántico hasta las costas de Venezuela o Cuba. Nuestra reciente  historia es el mejor ejemplo para entender cuáles deben ser las líneas maestras de una política integral sobre la inmigración. Aquellas despedidas emocionadas trajeron esperanza, divisas y formación. Mejoró el país, y los ciudadanos, los del exterior que se quedaron en sus países adoptivos y los que regresaron,  han contribuido a edificar la actual España, desarrollada, progresista, europea, humanitaria.

Los tiempos cambian, y si España fue un país de emigración, ahora lo es de inmigración. Debemos ser conscientes de ello, y de que necesitamos a los inmigrantes, simplemente por ley de vida y por exigencia de los a veces paradójicos mecanismos de la economía. Y una de las primeras responsabilidades es la regularización de los inmigrantes que se hayan establecido de facto en nuestro territorio. Nada hay más injusto y peligroso que la marginación social y la esclavitud laboral. El primer derecho del ser humano tiene que ser su plena condición de ciudadano.

Cierto es, sin embargo, que ha de procurarse una política de inmigración ordenada. Los flujos irregulares, sean en cayucos, en pateras o a campo libre, deben ser frenados porque lejos de solucionar problemas los agravan y crean nuevos conflictos. La capacidad de absorción tampoco es ilimitada, y en la actualidad hay previsiones que señalan  la existencia de cientos de miles de africanos preparados para embarcar rumbo a Canarias en breve plazo. Quizás, ante la dramática situación africana, un continente asolado por el sida, la miseria, la corrupción, no haya que preguntarse cuántos jóvenes quieren escapar, sino cuántos están dispuestos a quedarse y resignarse ante lo inevitable.

A su vez, como señalan muchos especialistas, estos países pierden a sus mejores hombres y mujeres. Senegal, que ha hecho un esfuerzo muy serio en educación, sanidad y preparación técnica, ve impotente como al final es a Europa  adonde van los resultados de su esfuerzo, lo cual implica un alejamiento inevitable de los objetivos de desarrollo.

El Gobierno español no ha actuado desde el principio con las ideas claras. Los sucesivos planes demuestran que a pesar de la buena voluntad, y de algún éxito parcial, como las relaciones con Marruecos y Mauritania, no existía una visión global del problema, y de su evolución. Ahora parece que se va por el buen camino. El control y el aumento de la vigilancia es inevitable, imprescindible, para poder aplicar una estrategia razonable y de futuro. La incorporación de unidades de la Armada y el Ejército del Aire a las tareas de vigilancia y detección, las instalaciones militares de Tierra para procurar una acogida digna, el uso de satélites para la visualización en tiempo real de los flujos migratorios en la costa africana, son sin duda iniciativas necesarias, junto con la ofensiva diplomática, la condonación de deudas, el otorgamiento de ayudas específicas, la puesta en marcha de la Casa de África, la regularización, que se ha saldado con notable éxito…  Pero una de las claves básicas es la implicación europea en esta nueva fase. Mientras siguen adelante los foros de diálogo, como el euromediterráneo, y los numerosos canales bilaterales y multilaterales que se han establecido, Bruselas ha de implicarse activamente en la crisis que se ha abierto en su frontera sur. Ha de entender que, al final, todo lo que entra por Canarias y Andalucía entra en Europa. Con todas las consecuencias.