Por la palabra…

por | 01 septiembre, 2000 | Notas de Viaje

Frontera de Gabón con Camerún, julio 1986: existe una vieja leyenda de los pueblos fang y dahomey del África ecuatorial, que nos cuenta la historia de una cabeza cortada para ilustrarnos sobre el peligro de hablar demasiado: dice la arcana leyenda que un hombre vio una cabeza cortada en la plaza de su pueblo, delante de la casa del rey, y se preguntó en voz alta porqué estaría allí aquella cabeza, separada del tronco. La cabeza le contestó «por la palabra», y el hombre, cre­yendose loco al escuchar hablar a una cabeza cortada, volvió a preguntarle, y la cabeza volvió a responderle: «por la palabra».

Dice la leyenda que el hombre fue corriendo a avisar a su rey, y le explicó con todo lujo de detalles lo que había visto y oido, y el rey no le creyó, pero el hombre insistió tanto tanto, que el rey accedió a acompañarle a la plaza para presenciar el prodigio. Y el hombre se dirigió a la cabeza y le dijo: «habla», pero la cabeza no habló. Y el hombre volvió a pedirle que hab­lara , pero la cabeza continuó negándose a hacerlo. Y el rey mandó cortarle el cuello al hombre por hablar más de la cuenta y mandó colocar su cabeza al lado de la otra como escarmiento público para los que no tomaran en serio su augusto poder. Y cuando las dos cabezas estaban solas, la pri­mera habló de nuevo y dijo: «tu, cabeza nueva, ¿por qué estás aquí?». Y la cabeza nueva le contestó: «por la palabra».

Un policía de frontera mira uno a uno los sellos y visados de mi pasaporte. Lleva ya más de diez minutos haciéndolo, y podría seguir en ello eternamente. A fin de cuentas, soy el único viajero que reclama su atención en esta siniestra oficina de un puesto fronterizo cuyo nombre ni siquiera sé pronunciar con exactitud. Sobre la mesa hay un plato de sopa de mijo. El policía mete de vez en cuando la cuchara en la sopa y después se la lleva a la boca, pero ni aún así deja de mirar el pasaporte. De vez en cuando, rebusca con una sola mano en mi bolsa de viaje y saca algún objeto: la máquina fotográfica, el neceser, un despertador, un cuaderno de notas. Va ordenando mis pobres enseres sobre la mesa, sin prestarles casi atención, pendiente exclusivamente del pasaporte, y entonces extrae un libro, ‘La Tribu’ de Leguineche, con Macías en la portada. Se detiene a mirarlo, pero no se molesta en abrirlo. Mira la portada y me mira a mí. Y después de pensarlo un momento, sella el pasaporte con un enorme caucho.

Entonces, en un idioma que podría igual ser heredero del francés que del ‘pichi’, me dice muy educadamente que ya estoy en Gabón y más educadamente todavía, que lamenta tener que detenerme hasta que hable con sus superiores.

«¿Por qué?», le pregunto; y él, agitando parsimoniosamente el libro de Leguineche frente a mis narices, me contesta: «¿Porque ha de ser?, pues por la palabra».