El hormiguero

por | 01 septiembre, 2000 | Notas de Viaje

El Cairo, junio 1988: Al Quairia -La Victoriosa-, jamás ganó una sola batalla. La ciudad perdió definitivamente la guerra contra el desierto. El polvo es el aire de la derrota. Se pega a los edificios, empuja en las calles y domina los colores: el polvo es un tamiz que colapsa el cielo y su luz y anilla al propio sol. Sólo el río es más poderoso que el polvo. Sólo el río mantiene su identidad bajo la cúpula de la fina arena del desierto que lo envuelve todo.

Esta noche sopla el ‘harmattan’, y su viento trae más polvo todavía. El polvo espesa la tiniebla de la ciudad y sus mil escenas: un viejo campesino poderoso y fuerte contando sus gallinas en la puerta de la mezquita, el último molino de caña sirviendo zumo de azúcar a sus parroquianos, la cita culpable e inquieta de un turista homosexual en una de las esquinas de una plaza fatimida, los grupos palestinos dirigiéndose al barrio cementerio, dos viejos jugando al backgamon en la vera de un café, el caos de coches y taxis y camiones, un guardia de tráfico que compra cigarrillos de uno en uno, vagabundos, durmientes callejeros, devotos con la frente rota de tanto rozar con ella el suelo…

Este es El Cairo que se agita entre el polvo del desierto y el polvo de los siglos, pero hay más: está El Cairo copto, medio millón de almas que creen en el mismo Dios desde hace siglos, sin más alarde que una pequeña cruz tatuada en el frente de la mano, una imagen de San Jorge colgando del cuello, una forma especial de mirarse unos a otros. Y está El Cairo oficial que aún resiente la sangre de Sadat y busca bajo las piedras de las mezquitas los rastros de algún ‘Hermano Musulmán’ con el Corán clavado al cerebro, que pueda ser ofrecido a la ayuda americana de Camp David en prenda de amistad. Y está El Cairo de los fieles que escuchan el sermón apiñados frente a los altavoces en las calles, discutiendo apasionadamente si Mubarak es el hombre o no lo es. Y el Cairo escondido de los ‘ghorza’ y sus viejos que aspiran opio o lo disuelven en el té, sus jóvenes que venden bolitas de hachís para el narguile y sus niñas por tres monedas. Y El Cairo de la demografía imparable, capital de los miles y miles que llegan cada día y se apiñan sin techo en las calles y en los cementerios. El Cairo de los vertederos en los que habitan regiones enteras, El Cairo de los bazares y comercios, El Cairo turístico y cosmopolita, el universitario, el militar, el de los desvencijados y polvorientos museos.

La ciudad que cubre el polvo es la olla dónde se cuece el destino de la nación árabe: una nación que se refugia del polvo en las mezquitas y en los cafés y entre rezos y sorbos de té, abluciones y sahlabs, sunnas y caladas de narguil, espera alguna imposible revancha.