El olor de África

por | 01 septiembre, 2000 | Notas de Viaje

Carretera de Ebebiyin, en la frontera de Guinea Ecuatorial con Camerún, julio de 1986: los poblados pasan como flechas a los lados. Un túnel de luz, sólo transitado por cientos y miles de insectos, reventando como una lluvia negra y espesa sobre el parabrisas. El chófer bombea continuamente agua sobre los cristales. La noche más densa nos abre sus puertas.

No se ve a nadie en las aldeas. Son las ocho de la tarde, noche cerrada desde hace dos horas en este trópico, y los fang de las aldeas duermen. Ni una mísera lámpara de queroseno alumbra su sueño. El nuestro se mece en el camino. Los pasajeros duermen.

De pronto, quinientos metros más allá del último poblado, un cerdo negro, casi un jabalí, atravesado sobre la pista. Un instante de tensión, un golpe sordo, seco, un frenazo, y la muerte otra vez, nuevamente poderosa. El policía Filiberto se despierta de un sueño ligero y quizá feliz: -«¿Qué es, que pasa?»-, pregunta. Y le explican.

Bajamos del furgón. Se ríen. Felicitan al chofer por su pericia, y él se extrema en los detalles, asegurando a todos que gracias a sus reflejos y destreza se ha evitado un terrible accidente. Caminan veinte metros atrás, donde está el cuerpo abatido del cerdo, y me animan a acompañarles en el espectáculo, entre risas. Es un animal grandioso, cubierto de pelos duros y negros, la cabeza reventada por el impacto, el cráneo abierto, los sesos desparramados y sangrientos. Al Toyota no le ha pasado nada. Sólo la matrícula, ligeramente doblada y casi roja del impacto y del polvo.

Siguen riendo. Discuten si cargar el trofeo o dejarlo allí, en medio de la senda, para la cena de sus dueños. Y de pronto, veo al consul de ‘Bajo el volcán’, en su penúltima página, con tres disparos en la barriga y tirado en el cauce escaso de un barranco, casi una cuneta, casi una premonición: «Qué manera más sucia de morir…». No puedo dejar de verlo, al cónsul de Lowry, como veo a este cerdo partido en el suelo rojo y la sangre roja en el suelo, maldita noche, maldito viaje…

Al final, deciden cargar el animal muerto en el furgón: es el cerdo de Teodoro. El presidente Obiang cobra así, día tras día, el impuesto de su guardia pretoriana de fangs enriquecidos sobre el esfuerzo de la miseria ajena. Su guardia construye a golpe de rapiña el imperio de la nada sobre el hambre inmensa de un pueblo que no existe más que en los mapas y en la mente de Teodoro. Colocan al animal en el suelo de la camioneta, sobre unas hojas de bananera que han arrancado allí mismo. Huele a sangre. A sangre viva, reciente. Un olor denso y pegajoso, casi dulzón, que reconoces inmediatamente: no es otro olor más de los miles de olores de África